Mundo de las ideas, definición formal y aplicación.

Por la incólume pluma de muchas caras y sentidos del viejo y confiable Ismael

Que haya algo así como «platonismo» o «tesis platónicas» es algo de lo que inmediato hay que dudar por el mismo hecho de que Platón haya escrito en un género como el diálogo socrático. Es cierto que hay muchos otros filósofos que han escrito diálogos con un fin «propositivo», como Hume, Berkeley o incluso en 1990 Laudan (un simpático escrito titulado Science and Relativism: Dialogues on the Philosophy of Science). Pero el diálogo socrático, véase no sólo los textos abiertamente problemáticos y escépticos como el Eutifrón, sino incluso la República, carece por completo de tesis dogmáticas, más allá de las teorías que permiten que el diálogo continúe (como el comienzo de Filebo, donde se sientan unas bases mínimas para que haya entendimiento)

En este sentido, uno está a tentado a decir: Platón no sólo es Sócrates, es también la problematicidad e incluso el fracaso de lo que se trata de decir o a lo que se intenta llegar (Platón, por tanto, también es Adimanto, Parménides y Gorgias, es todos y no es nadie, se disuelve en el puro combate). Esta tesis concuerda demasiado bien,a demás, con la elección del rótulo «filosofía» para describir la operación intelectual del ateniense. Y sin embargo, parece que hay cierta «reconstrucción» de la filosofía de Platón, cifrada, especialmente, en la relación que existe entre la Realidad espacio-temporal y las determinaciones de los entes concretos . La cosa es más o menos así:

De todo lo que es sabemos que es no por un conocimiento «material» de la cosa, sino por la asunción de esta a un esquema previo donde todo es precisamente algo. Que A es A lo sabemos porque conocemos el contenido (y las notas) de A. Entonces, un «objeto» se me presenta o aparece como «mesa» o «libro», sin que yo sepa, en principio, mucho más sobre esa presentación. Respecto a la definición de A siempre habrá un fracaso, como el diálogo muestra, precisamente por una regla de oro de la filosofía que escribiré así: «Una definición formal entra en contradicción con las aplicaciones prácticas de un objeto, ya sean estas aplicaciones técnicas, éticas o efectos mentales provocadas por dicho objeto». Al ser esta máxima tan afín a la máxima pragmática de Peirce, parece por lo tanto que para definir A dependemos de un juicio previo que dependa de lo que «intuitivamente» consideramos un buen A. Sabemos que una «mesa» (en tanto que objeto) sirve para poner cosas encima, pero también la podemos usar para hacer una barricada o poner una ventana (feísmo gallego): ¿sigue siendo una mesa? Bueno, puede ser que no en tanto que no es una buena mesa. Este concepto de «buen» o «tó agatón» es lo que consideramos «la idea de bien», que es lo que permite -convencionalmente o fenomenológicamente- que haya fenómeno mesa.

Pero si de todo lo que sabemos que es algo lo sabemos por la idea, forma o aspecto de esa cosa, no hay idea de lo «material puro», incluso «lo material puro» es ya idea, forma o aspecto, aunque como concepto es bastante abstracto. Lo más concreto es concepto, mientras que la materia pura es una abstracción. ¿Dónde vivimos, entonces? Vivimos ya en el mundo de las ideas, con el armazón del logos (lenguaje-pensamiento-determinación-esto es esto y lo otro es lo otro). Lo que permite que sea lo que es es precisamente este logos. Es por esto que el mundo de las ideas es precisamente nuestro mundo, vivimos en él, habitamos en él y no en otra cosa. Seguramente el mito de la caverna solo tenga una enseñanza: ser conscientes de que ya vivimos ahí.

¿Cuál es, entonces, lo que introduce el pragmatismo respecto a la filosofía platónica, que es casi el punto de partida de toda auténtica filosofía? Precisamente romper con la pretensión de relacionar «idea de bien» como condición de posibilidad de «definición formal» de una idea susceptible de ser encarnada o identificada en cualquier ente. Si la aplicación o el acercamiento a un ente depende de los efectos, aplicaciones o de «otras disciplinas» distintas a la dialéctica, entonces el ideal del pragmatista es el «todo vale para llegar a X». Ese todo vale porque «todo enriquece el conocimiento de algo», aun así, dividiría la opinión de los pragmatistas en (1) pragmaticistas y (2) pragmatistas vulgares. Básicamente, los que se encuentran en (1) creen en el interpretante lógico final, es decir, en un momento -aunque sea irrealizable- en el cual todos los signos y efectos de X saturan el conocimiento de X en sí mismo. Los segundos pragmatistas creen precisamente en la supremacía (tendencialmente infinita) de las aplicaciones, los efectos y las formas de decir X, por lo tanto, priorizan el tó pragma al saber, y prefieren, por lo tanto, estar abiertos a nuevas posibilidades antes que pensar en que X pueda saturarse (consideran esta pretensión imposible e incluso inútil).

 

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