Reflexiones finales en torno a Venezuela

Por Lastra Zorrilla

La pervivencia del Estado Mágico

 

 

La aparición del petróleo como industria creó en Venezuela una especie de cosmogonía. El Estado adquirió rápidamente un matiz “providencial”. Pasó de un desarrollo lento, tan lento como todo lo que tiene que ver con la agricultura, a un desarrollo “milagroso” y espectacular.[…]Un candidato que no nos prometa el paraíso es un suicida. ¿Por qué? Porque el Estado no tiene nada que ver con nuestra realidad. El Estado es un brujo magnánimo. […] El petróleo es fantástico y por lo tanto induce a lo “fantasioso”. El anuncio de que éramos un país petrolero creó en Venezuela la ilusión de un milagro.

-José Ignacio Cabrujas-

 

La situación actual de Venezuela realmente es desastrosa, pero probablemente lo más triste sea la utilización de esta tragedia con fines tremendamente dogmáticos y partidistas que se hace en el extranjero. La tesitura en la que se encuentra el país caribeño levanta pasiones: desde debates políticos, titulares de prensa a conferencias en universidades y comidas familiares. La aparente omnipresencia del “tema Venezuela” quizá sea la diferencia más visible de la actual crisis que sufre el país con respecto a las que tuvo en el pasado. Probablemente esto tenga más que decir de los tiempos de incertidumbre política que vivimos y la dictadura de los ciclos informativos de 24 horas que de la propia situación en Venezuela. Lo que yo he querido ilustrar es que tanto en la crisis de hoy, como las diferentes crisis del Estado gomecista, perezjimenista y puntofijista; la pervivencia del petro-Estado es el hilo que zurza el tapiz de esta historia. La dependencia de Venezuela del petróleo y su situación en el contexto del capitalismo global como nación abastecedora de crudo no ha cambiado. Podría decirse que se ha intensificado con respecto al pasado. La deriva “autoritaria” y la concentración del poder en el ejecutivo también es algo que ya hemos podido observar durante la presidencia de Rómulo Gallegos en el trienio adeco (1945-48) y en el unilateralismo de los planes de industrialización de Carlos Andrés Pérez. El problema, aludiendo a Fernando Coronil, es que encuadrar al “estado mágico” como punto de referencia para cualquier análisis acerca de la formación de una sociedad dependiente de un Estado y sus asombrosas ilusiones no gusta porque encaja demasiado bien. Por un lado, aquellos que se consideran fervientes partidarios del movimiento bolivariano jamás serán capaces de admitir que las prácticas políticas Chavistas se pueden encuadrar en un marco histórico de corrupción, presidencialismo o grandes promesas de futuro que harían parecer a Hugo Chávez un heredero de Carlos Andrés Pérez o Rómulo Betancourt. Por otro, aquellos que se consideran firmes detractores del chavismo y partidarios de un retorno a una “democracia real” están ciegos a la historia de concentración de poder en el Estado y monopolización de las rentas petroleras con fines partidistas.

Aun así, sería bastante superficial alegar que tanto las administraciones de Chávez como Maduro no han supuesto ningún cambio para la sociedad venezolana. Mientras que a nivel estructural los cambios han sido completamente superficiales, a nivel político y sociológico sí que existen notables diferencias. El contexto histórico-político, como hemos señalado, es clave para entender esta conformación tan característica. Es en un momento de hartazgo de las promesas hechas durante la confianza en el libre mercado y la concepción individualista de progreso cuando nace el Chavismo. En una coyuntura de aparente capitulación total al capitalismo por parte de la izquierda, aparece la figura del Chávez encarnando el espíritu desafiante a políticas “imperialistas” como habían hecho antes figuras como Fidel Castro o Ho Chi Minh. De esta forma, la revolución bolivariana dejó de ser un fenómeno nacional para convertirse en un mito de progreso mundial de referencia para todas las izquierdas como modelo alternativo al capitalismo. Podría decirse que la magia que conjuró Chávez para crear su ilusión acudió las cadenas que tenía dentro de la nación venezolana y consiguió encandilar al mundo entero con sus ideales de desarrollo colectivo, justicia social y de devoción como política. Sin embargo, cuando se consigue romper el hechizo, la realidad resulta más decepcionante ya que, subyaciendo a todas estas proclamas, nos seguimos encontrando con la pervivencia de una serie de viejos problemas.

 

A lo largo de estos artículos es posible que haya esbozado un dibujo donde la figura del petro-Estado logre parecer una fuerza histórica independiente que va utilizando diferentes administraciones para su propio desarrollo. Realmente no es mi intención dar una imagen tan determinista de la historia de Venezuela, no quiero que el petro-Estado se convierta en un locus, es decir, una explicación retórica para explicar los problemas del país. Los protagonistas de esta historia tienen agencia propia, sin embargo, ignorar por completo como la constitución de semejante Estado limita el rango de maniobrabilidad dentro del territorio político y económico tampoco es productivo. ¿Podría Venezuela haber tenido un transcurso diferente al actual, aun habiéndose basado en una economía de exportación de crudo? Puede ser, pero aun así nos olvidamos de un par de detalles importantes dentro de esa pregunta.

 

En primer lugar, Venezuela se encuentra dentro de las naciones del Sur Global que tienen características diferentes a lo que llamamos “el primer mundo”. Dentro de estos países, el legado colonial y posición periférica durante el auge de la economía mundial hace que se tenga una visón tremendamente bipolar de lo primitivo y lo moderno. Esta dicotomía suele conducir a políticas que enfatizan una visión tremendamente fetichista de la concepción nacional de lo moderno. Incluso con administraciones que hacen gala de sus políticas “pos-coloniales” como la de Chávez y Maduro, la necesidad de hacer referencia constante al “imperialismo” como causa de las crisis y su visión victimista de su propia historia hace que siga cayendo en el mismo discurso colonial que tanto intentan combatir. En segundo lugar, la economía del estado petrolero perpetúa una dinámica de acumulación de rentas, obtenidas mediante la mercantilización de la naturaleza de un país, dependiente de un mercado internacional de circulación de capital, regido por las grandes potencias económicas. Volviendo a Chávez y a Maduro, esto evidencia la verdadera carencia revolucionaria que tiene su propio proyecto socialista. En este sentido, la experiencia bolivariana no deja de ser la creación del “socialismo dentro del capitalismo”, una que la gran parte de las veces ha tenido amargos resultados.

En tercer lugar, naciones como Libia, Arabia Saudí, Venezuela y, en menor medida, Irán, han dependido de una red de importaciones para el desarrollo normal de sus economías. Esta dependencia de importaciones ponía serios obstáculos a la hora de generar una industria nacional independiente del crudo. Común a la historia de estos países fue la existencia de hombres fuertes que realizaban reestructuraciones económicas desde arriba. En el caso de Irán con la “Revolución blanca” del Shah, en Venezuela el caso de los proyectos de modernización de Pérez Jiménez y en Libia con la renegociación de las clausulas petrolíferas con Gaddafi. En estos casos, estas reformas se hacían siempre a expensas de alguien. Es tremendamente ilustrativo el caso del Shah y de Pérez Jiménez ya que ambos favorecieron más a las élites urbanas de Teherán y Caracas en detrimento a los potentados rurales. En ambos casos, el marco de la industrialización nacional tendría una notable presencia de dirigismo, lo que generaría tensiones dentro del ámbito económico entre los diferentes sectores económicos y el Estado. Este favorecimiento de un sector poblacional sobre el otro contribuiría a engrasar la maquinaria de resistencia que acabaría con ambos regímenes.

En el caso de Venezuela, los repetidos intentos fallidos en el pasado de canalizar los beneficios del crudo para crear una economía independiente demuestran la existencia de serias fallas estructurales.

 

En lo concerniente a la situación actual, considero que es tremendamente hipócrita impugnar la figura de Maduro mientras se sostiene la excepcionalidad del Chavismo. Nicolás Maduro en la actual tesitura no deja de ser un prisionero de los designios de Chávez. El incremento en la dependencia de las exportaciones de crudo, las fugas de capital, el presidencialismo, la inflación y la corrupción ya eran problemas crónicos antes de la muerte del Comandante. Si en un futuro la oposición consigue desbancar al Chavismo, es muy poco probable que las dinámicas históricas del petro-Estado Venezolano cambien sustancialmente. Probablemente el país experimente una notable mejora económica y se pongan en marcha planes para “modernizar” la nación auspiciados por asistencia de la comunidad internacional y un posible repunte en el valor del crudo, pero con toda probabilidad este nuevo gobierno adolezca de la continuación de los errores del Estado puntofijista.

 

Lo que se puede decir ahora es que parece que la crisis está llegando a un punto de inflexión debido a la instigación internacional a un conflicto armado, que resulta completamente irresponsable, tanto por parte de EE.UU como por parte de la Unión Europea. La hipocresía por la cual se rechazan unas elecciones que, más que tener un veredicto de ilegitimidad claro tienen una legitimidad cuestionable, se hace visible cuando uno recuerda el apoyo internacional que se dieron a los fraudulentos procesos electorales de México en 2012 o de Haití en 2015. Las acusaciones de violencia y represión que se lanzan al gobierno bolivariano también resultan risibles cuando uno observa cómo se ignoraron eventos incluso más preocupantes como la masacre de los 43 estudiantes de la Normal de Ayotzinapa en Iguala o los 400 muertos durante los disturbios del Caracazo. Es importante subrayar que, mientras el gobierno de Maduro tiene serios problemas estructurales, una guerra civil supondría un auténtico desastre, no solo para Venezuela, sino para toda la región. Si por algún milagro se llega a una solución pacífica, hay que tener presente mirando al futuro, que, mientras la concepción del Estado mágico siga viva en la imaginación del pueblo venezolano, siempre acabará atrapado por sus hechizos.

 

 

  • Bibliografía:

 

  • Bernard Mömmer – La cuestión petrolera
  • Edgardo Lander – El Estado mágico sigue ahí
  • Fernando Coronil
  • El Estado Mágico: Naturaleza. Dinero y modernidad en Venezuela
  • Chávez’s Venezuela: A New Magical State?
  • Venezuela’s Wounded Bodies: Nation and Imagination during the 2002 coup
  • Jeff D. Colgan – Petro-agression: When oil causes war
  • Leonardo Maugeri – The Age of Oil: The Mythology, History and Future of the World’s Most Controversial Resource

 

 

 

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