MISERIA, GLORIA Y AGONÍA DEL PETRO-ESTADO VENEZOLANO (V)

Por Lastra Zorrilla, este es el penúltimo artículo dedicado a la cuestión venezolana. Falta todavía un último a modo de conclusión general de todo lo expuesto.

El socialismo del siglo XXI

El gobierno de Caldera acabó siendo continuador de la anterior legislatura adeca. Las medidas de “estabilización” del FMI fueron implementadas a pesar del continuado ruido de sables y el tremendo malestar social. La década de los 90 vino a materializar una tremenda división socioeconómica de la sociedad venezolana que venía gestándose desde la época de las vacas gordas en los 70. Por un lado aquella burguesía que durante la época del estado proteccionista había conseguido conformarse alrededor de la burocracia del aparato estatal, fue capaz de transformarse y dirigirse cada vez más a las actividades del mercado internacional con la desregularización y privatización de los años 80. Por otro lado, aquellas clases más pequeño burguesas que se habían afincado dentro del sector comercial y manufacturero nacional veían cómo iban perdiendo poder adquisitivo y político. Atrapados en esta división creciente se encontraban los trabajadores asalariados que veían como sus condiciones de vida se volvían cada vez más miserables. El mito cohesionado de progreso colectivo que personificaba el petro-estado acabó resquebrajándose. En esta nueva conciencia nacional existía una visión que la élite más internacionalmente orientada interpretaba de una manera más individualista, mientras que los sectores orientados a actividades económicas dentro de la nación reinterpretaban el significado del sueño del progreso, y si realmente podría ser alcanzable dentro de los límites institucionales presentes.

Me parece de recibo aclarar que, si bien en esta época es cuando se propaga socialmente esta visión, ya existía desde mediados de los 70 una visión más “liberalizante” de la economía nacional. Este cambió apareció a raíz del fracaso de las políticas de industrialización y el estancamiento de la economía venezolana. Una de las figuras que mejor representa este cambio es el ministro de fomento de la administración de CAP; Manuel Quijada. Lejos de ser fanáticos del libre mercado, Quijada y muchos otros tecnócratas veían en las medidas de liberalización una respuesta a la influencia completamente politizada y asfixiante del Estado. Si bien estas medidas fueron implementadas de manera coherente y sistemática en países como Chile, en el caso de Venezuela la liberalización se usaba de manera bastante incoherente para dar respuesta a problemas estructurales propios de un petro-Estado.

Esta confrontación de visiones fue más que palpable durante las elecciones de 1998 entre Hugo Chávez y Henrique Salas Römer. El golpe de 1992 había elevado la figura de Chávez a la de redentor de la política venezolana, consiguiendo encapsular su figura como la de un outsider de la viciada clase dirigente. Su retórica de renovación populista-socialista abrió la vía para una nueva ilusión de modernidad alternativa al capitalismo financiero “neo-colonial”. Esta es la visión en la que se fundamentaría la ideología de la Revolución Bolivariana. El carisma y habilidad política de Chávez aumentaron su proyección en el escenario electoral obteniendo un 56% del voto popular. La campaña de Chávez contenía un tono revolucionario mucho más tímido que el que adquiriría más adelante, además de estar compuesto por una coalición bastante amplia dentro del espectro político. Sin embargo, el ambicioso carácter transformador de Chávez se manifestó en su inmediata derogación de la constitución puntofijista y llamada a elecciones para una nueva asamblea constituyente en 1999 en la que nació la V República de Venezuela; la República Bolivariana.

Mientras que estos cambios fueron bienvenidos por la mayoría del pueblo venezolano, a finales de 2001 los primeros vientos de crisis comenzaron a afectar el dinámico gobierno de Chávez. La implementación de los controvertidos 49 decretos para reformar estructuralmente sectores claves como el de hidrocarburos, agricultura y la polémica redistribución de tierras contaron con una amplia resistencia de los facciones económicas que se oponían a este tipo de reestructuraciones sistémicas. Dentro de ellas, la más destacable era PDVSA. Si bien la compañía podría ser considerada como una empresa estatal con metas ambiciosas e internacionales agraciada con una buena gestión, existían recelos dentro de la sociedad venezolana desde hace tiempo por la nueva dirección que había tomado la compañía.

La tensión generada entre el Estado y la empresa en cuanto a la administración de los beneficios (la inversión en iniciativas estatales o la preferencia por reinvertirlos en proyectos en el extranjero) era evidente. Como habíamos comentado, el pueblo venezolano había configurado su idea de la ciudadanía respecto al petro-estado como la pertenencia a uno de los dos cuerpos de la nación, el cuerpo político, que tenía el derecho de disfrutar de las riquezas del otro cuerpo, el natural. El hecho que PDVSA decidiese comprar refinerías en Alemania o EE.UU, en vez de invertir el dinero de las rentas en proyectos sociales o de infraestructuras suponía una contradicción en si misma para aquellos que seguían teniendo esta concepción populista del Estado. Pero, tras los disturbios del Caracazo, un sector importante de la población venezolana había cambiado esta antigua concepción de progreso colectivo por otro más individualista. Chávez fue lo suficiente hábil como para explotar el descontento de gran parte del pueblo venezolano con la empresa para reintegrar a PDVSA dentro de la órbita de influencia estatal. El punto álgido de esta confrontación acabó materializándose en la expulsión de los directivos de PDVSA y su sustitución por una nueva línea de técnicos más afines a Chávez por retransmisión en directo durante el programa de televisión Aló Presidente. Dentro de la concepción chavista, para llevar a cabo la revolución y financiar todos los nuevos proyectos sociales, la restructuración de PDVSA se veía como un paso fundamental.

La liberalización sufrida en los 80 y 90 fue revertida con la Ley de Hidrocarburos de 2001, que estipulaba un incremento de regalías a las compañías privadas del 1-17% a un 20-30%. Además, en acorde a esta nueva ley, cualquier nuevo tipo de inversión en el país debía hacerse a modo de empresa conjunta con la propia PDVSA. La tensión inherente entre la dirección que seguía la línea tecnocrática independiente del antiguo director Luis Giusti y la concepción de Chávez de PDVSA como instrumento dentro del marco gubernamental desató una serie de protestas multitudinarias en Caracas. Los dispersos elementos opositores al chavismo confluyeron en estas protestas y retroalimentaron sus temores de una deriva autocrática del Estado en la que la “antigua meritocracia” estaba siendo sustituida por una clase sumisa a los intereses radicales de Chávez. Aquellos leales a la revolución bolivariana no veían en estos nuevos nombramientos una personalización de la riqueza de la nación, sino más bien lo contrario, una democratización de las rentas para el disfrute del resto del pueblo controlada por oficiales electos y no tecnócratas preocupados con beneficios corporativos.

Al paso del canto ni un paso atrás, el 11 de Abril de 2002 se convocó la mayor marcha jamás vista en la ciudad de Caracas. El elevado número de protestantes envalentonaron a las fuerzas de la oposición y se pasó de una protesta para la restitución de los antiguos cargos de PDVSA a pedir la dimisión de Chávez. Fue en el calor de este momento que se desencadenarían de manera frenética tres golpes de Estado consecutivos. El detonante de los eventos fue la llamada “masacre de Puente Llaguno”. En las cadenas de televisión propiedad del opositor Gustavo Cisneros, comenzó a circular un vídeo en el que aparecía una muchedumbre disparando desde el puente y un narrador comentaba que se estaba abriendo fuego sobre los manifestantes. Las escenas seguidas capturaban imágenes de cuerpos yaciendo en charcos de sangre. Estás imágenes indignaron a la población y se produjo una sublevación del ejército que consiguió entrar en el Palacio Presidencial y capturar a Chávez. No se sabe si el Comandante llegó a presentar su dimisión, pero parece probable que lo hizo con el fin de evitar un baño de sangre. Lo interesante del asunto es que las imágenes retransmitidas por Venevisión mostraban una representación parcial de los sucesos, ya que otro vídeo confirmaría más tarde que la guardia bolivariana no estaba disparando a manifestantes si no que estaba devolviendo fuego de grupos opositores y la policía metropolitana. Sea como fuere, el 12 de Abril un grupo de militares de alto rango y elementos nacionales y extranjeros deciden nombrar a Pedro Carmona, presidente de la patronal Fedecámaras, como presidente interino. Carmona decidió durante la sesión de investidura revocar los 49 decretos y de manera unilateral disolver la asamblea nacional, destituir a los gobernadores estatales, los líderes municipales, la corte suprema y despedir al fiscal del Estado. Por último, decide nombrar a Guaicaipuro Lameda como presidente de PDVSA. Salvo la vuelta al orden tecnocrático de PDVSA, el resto de medidas sorprendió sobremanera a la coalición opositora que había nombrado a Carmona presidente interino. Muchos sintieron que se estaba produciendo un golpe dentro de un golpe, y la dura represión a distintos elementos chavistas disidentes pareció confirmar la puesta en marcha de un contragolpe aún más autoritario. En este clima de tensión y confusión, elementos militares aún leales a Chávez se hicieron con el control del Palacio de Miraflores, arrestaron a los miembros del gabinete de Carmona y amenazaron con bombardear el palacio si no restauraban el orden constitucional. El 14 de Abril, Chávez aparecía en televisión acompañado de una masa de gente vitoreándolo hasta llegar a Miraflores.

 

La consolidación de Chávez tras el triple golpe de 2002 detonó una subida en el precio de crudo a lo largo de la primera década del siglo XXI. Por su puesto esto no se debió tan solo a lo ocurrido en Venezuela. El nuevo clima geopolítico que se había gestado tras el colapso de la URSS quedó oficialmente inaugurado tras los ataques del 11-S y la “guerra contra el terror”. En este nuevo paisaje global la inestabilidad crónica en Oriente Medio, desencadenada tras la invasión de Afganistán y la Segunda Guerra del Golfo, se convertirá en característica. Dentro de este paradigma de jihad global, los ataques contra la infraestructura petrolífera local para obtener y vender crudo en el mercado negro se multiplicaría. Además, la capacidad de producción de Iraq se paró por completo. Aunque el resto de países del OPEC intentaron intensificar la producción de crudo, este no fue el caso de Venezuela. Chávez tenía un gran interés por aumentar de manera sustancial el precio del crudo mediante la reducción en producción y en 2003 la producción bajo de 3 millones de barriles por día a un millón. La aparición de China como potencia industrial también aumentó el consumo global de crudo. El mercado pareció no ser capaz de satisfacer la demanda a causa de años de limitación de inversión en exploración y producción en la industria fruto de las reestructuraciones sufridas en los años 80 y la burbuja financiera de finales de los 90.

 

El aumento de precio de crudo llegó al valor nominal de $71 dólares por barril en 2005. Este incremento engrasó las vías por las cuales el Ejecutivo estrechaba el agarre de las riendas del petro-Estado, fruto de la experiencia del triple golpe en 2002. La agenda de Chávez comenzaría a radicalizarse. En 2003 despidió a 18.000 trabajadores de PDVSA que se habían puesto en huelga durante los últimos meses del año anterior y los activos de la compañía se traspasaron por completo al control del gobierno. La bonanza por el incremento del valor del crudo produjo una restructuración notable del Estado con respecto a los años 80 y 90 que ahora buscaba proyectar su influencia hacia fuera.

 

Si algo caracterizó a la administración de Chávez fue su audaz política exterior. Desde el momento en que se abrazó la ideología del socialismo del siglo XXI, la República bolivariana se plantó como firme opositora al orden mundial construido alrededor del Consenso de Washington en 1989. Esto convirtió al gobierno Chavista en antagonista del papel hegemónico que jugaba el FMI en América Latina. El nuevo rol de Venezuela se vio materializado en una serie de medidas extremadamente osadas en el escenario regional latinoamericano. Por un lado Chávez impulsó la creación de cuatro iniciativas petrolíferas Petrocaribe, Petroandino, Petrosur y Petroamérica en las que Venezuela actuaría como dirigente ofreciendo asistencia para desarrollo desde el up– hasta el downstream. Seguidamente, la República Bolivariana se unió al bloque comercial Mercosur y creó ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América), una alternativa al tratado de libre comercio FTAA propuesto por EE.UU. Además, creó el Banco del Sur como contrapunte al Banco Mundial. Otra medida importante fue el realineamiento diplomático con Cuba mediante la asistencia en forma de envíos de crudo y la creación de nuevas operaciones conjuntas en telecomunicaciones que acabaron manifestándose en Telesur. La política exterior venezolana de esta época expresaba el deseo ardiente del movimiento bolivariano por crear una multipolaridad en la región americana alejada de la hegemonía estadounidense. Por su puesto, este antagonismo contra EE.UU provocó serias tensiones con el gigante americano. A pesar de la retórica anti-imperialista y la oposición a la intromisión de multinacionales extranjeras en la industria del crudo nacional, Chávez utilizó de manera extremadamente hábil incentivos a las diferentes potencias que cortejaba diplomáticamente para invertir dentro del país y desarrollar empresas conjuntas. La hostilidad que profesaba a las empresas europeas o americanas (en 2004 Chávez aumentó significativamente las regalías a pagar de Exxon-Mobil, Shell y otras de las grandes firmas) desaparecía ante los proyectos ofrecidos a China, India, Vietnam o Rusia. Aun así, la dependencia de Venezuela al mercado de crudo americano crecía a la vez que se ponían en marcha esta perspicaz política exterior que requería un flujo constante de altas rentas. Si durante la época de CAP la ilusión de la transformación definitiva de la economía venezolana se sustentó con el incremento cuadruplicado de los precios del crudo tras la crisis del 73, en la época de Chávez la ilusión del socialismo del siglo XXI se sustentó con el Proyecto Magna Reserva que otorgó la certificación a la Faja Petrolífera del Orinoco (FPO) como la mayor reserva del planeta en el año 2008.

 

La ambiciosa política exterior de Chávez vino unida a un aumento en el presupuesto militar y una militarización de la propia política. El aparato de la burocracia estatal creció también de manera considerable; las oficinas de la presidencia aumentaron el personal un 86%, el ministerio de defensa un 57% y el ministerio de Energía e hidrocarburos un 61%. Este ávido interés en modernizar y renovar la estructura del Estado y las fuerzas armadas venezolanas se vieron retroalimentados por las vivencias del triple golpe del año 2002. De esta manera, Venezuela comenzó a estrechar lazos con naciones exportadoras de armas como China y Rusia. Este rearmamento condujo a unas políticas territoriales expansionistas que produjeron serias tensiones con los países vecinos de Venezuela. Dignos de destacar son los sucesos concernientes a Guayana y Colombia. En el caso de Guayana, Venezuela llevaba teniendo una disputa territorial con el país desde hace más de un siglo a causa de la delimitación de la llamada “Guayana Esequiba”, territorio colindante a la frontera venezolana que estos reclaman como propia. El asunto había quedado un poco en el aire hasta la certificación final de la FPO, donde parte de la faja atraviesa este territorio disputado. El conflicto llegó a las armas en 2007 cuando el ejército venezolano detonó explosivos en minas de oro dentro del territorio disputado. Este conflicto sigue vivo a día de hoy, este mismo año el presidente Maduro mandó capturar una barcaza de Exxon en la costa disputada con Guayana que realizaba prospecciones..

La situación con Colombia tomó unos tonos bastante más dramáticos. La presidencia de Chávez coincidió con el ascenso al poder del presidente Álvaro Uribe, un abogado colombiano de la formación de extrema derecha Partido Centro Democrático. La enemistad entre ambos presidentes era palpable y tanto el uno como el otro se acusaron de organizar golpes de estado en el país vecino. La aparente simpatía de Chávez por las FARC y el ELN, y su intento de lobbying para sacarlas de la lista de grupos terroristas de la UE creó una situación tremendamente tensa que acabo convirtiéndose en una crisis diplomática en 2008.

 

El petro-estado venezolano durante la administración de Chávez puso en práctica su propia idea de “sembrar el petróleo”. Las rentas petrolíferas sirvieron para financiar las llamadas misiones y los círculos bolivarianos, organizaciones que funcionan de manera independiente al gobierno en los barrios más pobres de las grandes urbes venezolanas. Este tipo de organizaciones eran una forma de atender las necesidades más urgentes de los sectores más pobres de la población. Estas iniciativas contribuyeron notablemente en la reducción de la pobreza, la disminución del analfabetismo y la inclusión de grupos poblacionales antes marginalizados del escenario político. Si bien en teoría la formación de estos grupos debía fortalecer la pluralidad de la vida política venezolana mediante la implementación de una democracia popular, participativa y descentralizada, en la práctica la dependencia de los círculos y misiones de las petro-rentas del Estado hacían de ellas órganos tremendamente partidistas del movimiento bolivariano que circunscribían las instituciones oficiales, ya que no se encuadraban dentro del aparato burocrático parlamentario.

 

Agonía y crisis

 

La muerte de Hugo Chávez en Marzo de 2013 no pudo ocurrir en peor momento. La bonanza petrolífera que había disfrutado el Estado bolivariano a lo largo de la década de los 2000 parecía llegar a su fin. De hecho, el precio de barril de crudo en 2012 era de $125 nominales, en 2016 estaría por debajo de los $30. La bajada repentina del valor del barril se debió a otro exceso de oferta en el mercado. La principal causa de este exceso se debía a los efectos de la recesión global a causa de la crisis de 2008. La desaceleración económica supuso una caída notable de consumo. El repunte en el valor del dólar en 2014 también ayudo a generar una depreciación del crudo junto con la decisión de OPEC de abstenerse a cortar la producción para estabilizar los precios. La decisión de aumentar la producción de crudo por parte de Arabia Saudí y Emiratos Árabes provocó una fuerte confrontación con Irán, Venezuela y Algeria dentro del seno de la organización. Por último, la devaluación del Yuan en China y el levantamiento de las sanciones con el nuevo tratado nuclear de Irán crearon una reducción de demanda y un aumento de oferta al mismo tiempo.

 

Nicolás Maduro había comenzado a convertirse en una figura destacada dentro del gobierno bolivariano ya en el año 2006 con su nombramiento como canciller. Meses antes de la muerte de Chávez en 2012, es nombrado sucesor del Comandante en el partido. El fallecimiento de Hugo Chávez tuvo consecuencias nefastas en el interior del país para el movimiento bolivariano. A fin de cuentas, Chávez había forjado una imagen tremendamente magnética y una administración con tendencias extremadamente presidencialistas. Sin la figura del gran hechicero del progreso, el socialismo del siglo XXI entraba en un momento de crisis importante que se unía a una depreciación del crudo en el mercado internacional. Esta depreciación es especialmente severa ya que en 2012-13, el 90% de las exportaciones del Estado bolivariano estaban relacionadas con actividades petrolíferas. La muerte del Comandante también coincidió con el final de la ola de gobiernos izquierdistas en Latinoamérica con la destitución de Dilma Rouseff en Brasil y la victoria de Mauricio Macri en Argentina. La administración de Maduro comenzaba a perder apoyos internacionales muy necesarios en la época de crisis que se avecinaba. Sin embargo, la crisis política que se desencadenará a lo largo de su presidencia da la sensación de no tener precedentes, ya que se ha visto exacerbada por una recesión continuada desde la muerte de Chávez y el desarrollo de una burbuja inflacionaria increíble. A esto hay que añadirle el ascenso de dos presidentes de gobierno con tendencias tremendamente hostiles hacia el gobierno bolivariano; Donald Trump y Jair Bolsonaro.

 

A lo largo de estas últimas semanas se han publicado numerosos artículos detallando el transcurso político a la crisis actual. Es por ello que en este artículo, siendo el objetivo del autor poner en relación el papel de la industria del crudo en la creación del petro-Estado venezolano, he considerado más relevante recalcar las transformaciones que ha sufrido la industria petrolífera venezolana durante el mandato de Maduro.

 

Se podría decir que PDVSA jamás ha estado en una situación tan lamentable como la que se encuentra hoy en día. En primer lugar, la corrupción endémica que sufre la sociedad venezolana, y muchos países latinoamericanos en general, se ha exacerbado en el sector petrolero. Una de las causas de esto es la llamada ”cultura del enclave”. Las explotaciones de crudo en Venezuela se llevan a cabo en lugares tremendamente aislados, por lo que la infraestructura petrolera precisa además recintos de apartamentos para alojar a los trabajadores y sus familias. El hecho de que los técnicos del crudo suelen ser gente de estratos altos de la sociedad venezolana, a causa del conocimiento técnico requerido para operar la maquinaria y el alto poder adquisitivo que disfrutan respecto al resto de otros sectores laborales, ha favorecido el florecimiento de una cultura bastante elitista que existía ya desde antes de la época de Chávez. Si bien es cierto que el antiguo presidente sustituyó a aquellos elementos no leales por gente del propio partido, esta exclusión y sentido comunitarios favorecieron un tráfico de influencias privado y el sentimiento de propiedad sobre el propio crudo de la nación. Así, se producirán acusaciones entre dirigentes de diferentes facciones dentro de PDVSA de corrupción, como el caso de Bernard Mömmer en 2015 o del expresidente Rafael Ramírez en Enero de 2018. En segundo lugar, tanto la recesión económica que acosa a la nación, la corrupción, como el despido de gran cantidad de técnicos durante las legislaturas de Chávez, supusieron una caída dramática en la producción de crudo. Otro de los grandes problemas que tiene hoy en día PDVSA es que, debido a la nula inversión en infraestructura que ha habido durante los últimos años y la falta de capital, a la compañía le resulta más costoso dejar de producir crudo que seguir bombeando ya que no tienen capacidad de almacenamiento. Esta incapacidad de almacenamiento se agudiza a causa del embargo impuesto por EE.UU el mes pasado, ya que el mercado americano supone un 40% de las exportaciones de crudo. En esta tesitura de crisis, empresas americanas y naciones como China o Rusia han sabido aprovecharse de esta inestabilidad. Goldman-Sachs ha ofrecido al gobierno de Maduro un préstamo de 865 millones de dólares en forma de compra de bonos del Estado y activos de PDVSA con una cotización real de 2.800 millones. China también ha ofrecido un préstamo a Venezuela por valor de $60.000 millones. Al contrario que Goldman-Sachs, los intereses de Beijing no son tanto la devolución de los préstamos como la renegociación de estos en forma de apertura del sector petrolífero venezolano a China. De esta manera, el gobierno de Maduro paga el préstamo en forma de crudo y las restricciones al capital e inversión extranjero en la FPO excluyen a China. En el caso de Rusia, los intereses de la nación tienen una naturaleza más política que económica. La ascensión de Putin como líder indiscutible del país ha venido acompañada de nuevas pretensiones imperialistas bañadas de nostalgia soviética y zarista. Para Putin es imprescindible tener una cabeza de playa dentro de la región latinoamericana y desde que Chávez inició su mandato lo ha conseguido. La relación rusa con Venezuela se ve concretada en forma de venta de armas y de facilitación de venta de crudo en mercados más reservados dentro de la esfera de influencia rusa, a través de la empresa estatal Rosneft. La insistencia rusa y china en mantener a Maduro en el poder se ha visto incrementada por las declaraciones de Guaidó de considerar nulos los acuerdos que se consideren “inconstitucionales”. El embargo puesto en marcha a finales de Enero ha partido a PDVSA en dos. Una parte seguiría bajo en control del gobierno de Maduro en Venezuela, mientras que los activos que se encuentran en suelo americano se verían incautados por el gobierno de EE.UU y puestos en un fideicomiso a nombre de Juan Guaidó. Esta caótica situación legal pone a PDVSA en una situación muy comprometida ya que hay una cola de compañías y acreedores que llevan litigando contra Caracas desde la nacionalización de operaciones protagonizadas por Chávez años atrás. Curiosamente una de las empresas que están esperando en fila es Rosneft, a quien le habían vendido participación mayoritaria en Citgo como aval para uno de los numerosos préstamos que el gobierno de Maduro había pedido a Rusia. Los expertos afirman que la resolución de este conflicto legal probablemente ocurra en un juzgado americano, lo que aumenta la probabilidad de fallo a favor de Guaidó. Tanto es así que la coalición opositora de Guaidó ya ha nombrado una junta directiva interina para administrar Citgo.

 

Por último, cabe mencionar que, el incremento de las hostilidades actuales por parte de EE.UU contra Venezuela se debe a tres factores. En primer lugar, la administración de Donald Trump lleva encontrándose en crisis desde hace más de un año debido a las filtraciones desde dentro de la Casa Blanca a la prensa y la investigación dirigida por Robert Mueller concerniente irregularidades durante la campaña electoral en 2016. Esta semana se ha visto como el antiguo abogado de Trump, Michael Cohen, ha comparecido ante la fiscalía del Estado contando su versión de lo ocurrido. La imagen descrita de los eventos es cuanto menos escalofriante. Cohen ha hecho vox populi algo que ya se venía sustanciando desde hace más de un año y medio, la íntima relación entre la familia Trump y el gobierno ruso. Es normal que, teniendo esta administración un carácter tan errático, se utilice la crisis en Venezuela como cortina de humo para tapar las vergüenzas que no dejan de aparecer en este proceso de la fiscalía. En segundo lugar, tanto el gobierno de Brasil como el de Colombia tienen una fijación obsesiva con Venezuela. En el caso de Colombia es entendible, ya que la mayoría de los refugiados que huyen del país tienen como destino el susodicho país, excediendo ya el millón de personas. Brasil ha encontrado con la nueva administración de Bolsonaro una nueva vocación imperialista, siendo uno de los objetivos del gobierno la expansión de su área de influencia en la región. Ambas naciones han tratado de involucrar a los EE.UU en el conflicto regional desde hace tiempo. Para finalizar, hay que aclarar que el papel que juega el crudo en esta situación es mínimo. Como hemos repetido muchas veces, el mercado americano es vital para los venezolanos por lo que el tema del abastecimiento está fuera de la mesa. Seguidamente, las reservas de la FPO, aun a pesar de ser enormes, no son muy rentables a largo plazo ya que se trata de arenas petrolíferas y no crudo, lo que supone un proceso de refinamiento mucho más costoso. Poniendo el petróleo fuera de la ecuación, se puede ver que el motivo realmente subyacente a la involucración americana en esta crisis es la contención de influencia extranjera. A lo largo de las últimas de las décadas, la mayoría de las naciones africanas han sufrido un realineamiento político-económico para integrarse dentro de la esfera de influencia China. Durante este tiempo lo que el gobierno chino ha hecho, ha sido conceder créditos para infraestructuras sin ningún tipo de interés con unos plazos de devolución súperflexibles y la deslocalización de numerosas operaciones de producción manufacturera a África, a cambio se esperan ciertas reconsideraciones en la política exterior de estos países. Esto quedó patente en la votación de la ONU en 2007 para adoptar una resolución de condena a la situación de los derechos humanos en Corea del Norte, dónde 43 de las 54 naciones africanas se abstuvieron o votaron en contra. La presencia de China en Venezuela ha hecho sonar las campanas de alarma en la Secretaría de Estado americana desde hace ya años, temiendo que lo que ocurrió en África pueda volver a repetirse en América Latina.

 

La pregunta que nos lleva a la conclusión de este análisis es, ¿ha sido la República bolivariana una aberración dentro de la historia venezolana?

 

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