Siria: introducción a una guerra (I)

Por Marcos Muriel Sánchez

 

Geografía étnica y religiosa

 

Antes de la guerra, Siria era un país muy diverso de unos 20 millones de habitantes. Étnicamente, el grupo mayoritario son los árabes, que constituyen aproximadamente algo menos del 90% de la población (si bien no existen censos fiables). Le siguen los kurdos (10%), asirios (2-3%) y una pequeña comunidad armenia. Otros grupos minoritarios son los turcomanos y circasianos, aunque, además de ser reducidos en número, se hallan en gran medida asimilados al resto de la población (arabizados).

 

En cuanto a la religión, el 87% son musulmanes, religión practicada por la mayor parte de los árabes y los kurdos. Entre los musulmanes de Siria hay dos ramas principales: el sunismo, que es la mayoritaria (tanto entre árabes como kurdos), practicada por un 74% de la población total; y el alawismo, una rama del chíismo que practica el 14% de los sirios. El cristianismo, en varias denominaciones, es practicado por un 10%. Es la religión de asirios, armenios y árabes cristianos. Aproximadamente un 3.2% de la población son drusos, un grupo que podemos calificar de etnorreligioso (mientras que la religión es un criterio bastante claro, el de étnico es mucho más complicado de definir, y la religión con frecuencia es un factor que forma parte de lo étnico…).

 

Los alawitas se concentran en la costa mediterránea; Latakia y Tartus son las principales ciudades. Los kurdos habitan en el norte, en tres regiones denominadas Afrin, Kobane y al-Jazira, de oeste a este. Los asirios se concentran en algunos enclaves en el cantón de Al-Jazira. Los drusos, en una zona al sur de Damasco, llamada Jebel al-Druze, la montaña de los drusos. En el resto de zonas, los árabes sunitas son mayoría. En Damasco y Aleppo, las dos mayores ciudades, se mezclan todas las religiones y grupos étnicos.

 

El régimen de los Assad

 

El actual régimen lleva en el poder desde 1971, cuando Hafez al Assad, el padre de Bashar al Assad, se hizo con el poder en un golpe de estado. Tras su muerte en 2000, su hijo Bashar le sucedió.

 

Ideológicamente, el régimen de los Assad puede resultar bastante confuso, especialmente para un occidental. Pertenecen al partido Ba’az, cuya ideología se basa en el nacionalismo árabe, el panarabismo, el socialismo árabe (no obstante, el socialismo que propone el ba’azismo es cuanto menos moderado y muy sui generis, más bien apuesta por una política económica desarrollista con fuerte intervención estatal), el secularismo, la modernización y la lucha contra el colonialismo. Propone un estado fuerte y muy autoritario controlado por un partido único. El ba’azismo presenta sin duda un notable componente fascista. Desde que el partido, en alianza con sectores del ejército, alcanzó el poder en el golpe de estado de 1963, se sucedieron varios nuevos golpes entre las distintas facciones del partido, hasta que en 1971 Hafez al Assad se hizo definitivamente con el poder.

 

Hafez al Assad construyó un régimen tremendamente autoritario, opresor y personalista. Los miembros de su familia coparon los puestos de poder. Como ejemplo de la brutalidad del régimen podemos citar la matanza de Hama, en 1982, en el contexto de una revuelta de los Hermanos Musulmanes, que habían llegado a hacerse con el control de la ciudad. El ejército reprimió duramente la revuelta matando a unas 20.000 personas, entre ellas un gran número de civiles, aunque no hay cifras exactas.

 

Es cierto que los Assad son una familia alawita, y que en consecuencia los puestos de poder están copados por este grupo; pero es una cuestión de nepotismo, no de sectarismo religioso. Además, es entre la población alawita, concentrada en la costa siria, donde el régimen goza de mayor apoyo. Como apoyo fundamental del régimen, han recibido un trato de favor que, en cualquier caso, alimenta el potencial del sectarismo. Dicho todo esto, hay que señalar que Siria era un país eminentemente secular y tolerante en lo religioso para los estándares de la región, de hecho, no hay una religión oficial. La imagen de Hafez y Bashar al Assad es secular y no se apoya en la religión, más bien aparecen con atuendo militar o traje y corbata. Como ya se ha mencionado, la base ideológica del régimen es el nacionalismo árabe y el culto a la persona del líder. Por ello, los árabes, sean sunitas, alawitas o incluso cristianos, son tolerados perfectamente en tanto no constituyan una amenaza política para el régimen.

 

No pasa lo mismo con los kurdos, que por constituir un grupo étnico distinto a los árabes suponen de manera inherente una amenaza. Por ello, históricamente se ha tratado de marginalizarlos. En la década de los 60 se llevó a cabo un censo por sorpresa en las regiones kurdas con el objetivo de privar de la ciudadanía a los kurdos, se calcula que unos 120.000 kurdos perdieron sus derechos. En la actualidad el número es mayor, pues los descendientes de éstos heredaron su status apátrida. Asimismo, se trató de introducir población árabe en las zonas de mayoría kurda, creando un cinturón árabe a lo largo de la frontera con el objetivo de separar a los kurdos de Siria de los de Turquía. Bajo el pretexto de implantar un programa de explotaciones agrícolas modelo, se expropió a los kurdos y se les expulsó de la zona (muchos de ellos habían perdido la ciudadanía debido al censo fraudulento), instalando en su lugar población árabe. La zona kurda es la más rica en petróleo de Siria y una de las más productivas agrícolamente; sin embargo, no se construyó en la zona ninguna refinería, ni se hicieron esfuerzos para su industrialización, sino que fue objeto de una desatención deliberada que la han convertido en una zona empobrecida.

 

La identidad, la cultura y la lengua kurda han sido constantemente reprimidas, con momentos de mayor tolerancia según conviniera al régimen. Pero la mayor dureza se reservó para los kurdos que se organizaban políticamente en partidos opuestos al régimen, en especial el PYD, del que se hablará más adelante. Las torturas, detenciones, acoso y marginación laboral han sido una práctica común contra estos disidentes.

 

Con los árabes sunitas ocurre algo similar, mientras no se organicen políticamente contra el régimen su identidad religiosa es perfectamente aceptada, e incluso algunos suníes han llegado a los cargos de mayor poder del estado. Los cristianos, por su parte, como nunca han supuesto una amenaza para el régimen, habían vivido hasta la guerra perfectamente integrados en la sociedad y sin tensiones con los demás grupos. Incluso se les permitía, por ejemplo, tener fines de semana de sábado y domingo, en lugar de viernes y sábado como es habitual en los países musulmanes.

 

 

Geopolítica

 

Aliados del régimen de al-Assad: Rusia, Irán, Hezbollah.

 

Enemigos: Estados Unidos, Israel, Turquía, Arabia Saudí, Qatar.

 

A nivel global, el régimen sirio fue aliado de la Unión Soviética y posteriormente lo ha sido de Rusia. Notablemente, en el puerto de Tartus se encuentra la única base naval rusa del Mediterráneo. Estados Unidos lo considera un régimen hostil, y documentos internos publicados por wikileaks demuestran que durante años, antes de la guerra, Washington había tomado medidas para desestabilizar el país y propiciar un cambio de régimen que le sea más favorable. Uno de estos documentos se trata de un análisis de 2006 del embajador estadounidense en Siria sobre las “vulnerabilidades” del gobierno de Assad, y se enumeran una serie de métodos para “incrementar la probabilidad” de oportunidades para la desestabilización (https://wikileaks.org/plusd/cables/06DAMASCUS5399_a.html). Recomendó trabajar conjuntamente con Egipto y Arabia Saudi para aumentar las tensiones sectarias y centrarse en publicitar los esfuerzos de Siria contra los grupos extremista —kurdos y suníes radicales— de tal forma que sugieran signos de debilidad e inestabilidad. Otro documento filtrado desvela que la embajada destinó 5 millones de dólares a financiar a los opositores.

 

A nivel regional, su principal aliado es Irán. Además, cuenta con el apoyo de Hezbollah, el partido y milicia chií libanés. Es en consecuencia enemigo de Arabia Saudí y también de Turquía e Israel. Es más, el arsenal de armamento químico del régimen de Assad, que tantas desgracias ha traído durante la guerra, existía principalmente como disuasorio frente al arsenal nuclear de Israel. No se trata de exageración ni paranoia por parte del régimen, pues recordemos que los Altos del Golán, un territorio sirio según la legalidad internacional, fue conquistado y anexionado por Israel en 1967.

 

Para entender el conflicto en su nivel regional hay que tener en mente el conflicto sectario entre chiíes y suníes en el Medio Oriente. La potencia regional suní es Arabia Saudita, y la potencia regional chií es Irán. Por supuesto, detrás de la fachada sectaria y religiosa, empleada para movilizar a las masas, se encuentra una mera lucha de poder. En Siria, el recuerdo de la matanza de Hama de 1982, cuyas víctimas fueron árabes sunitas afiliados a los Hermanos Musulmanes, y el trato preferente a la minoría alawita, que copa los puestos de poder, unido al contexto regional, sentaban un potencial para el conflicto sectario, que la guerra desató y exacerbó.

 

El caso de Turquía es algo más complejo. También es un país de mayoría sunita, aunque desde Atatürk el estado había sido secular, y en teoría lo sigue siendo, pero desde que Erdogan llegó al poder ha fomentado un proceso de reislamización del estado. En cualquier caso, la población turca no tiene los sentimientos sectarios de Arabia Saudita y otras poblaciones árabes suníes. En Turquía, la principal fuerza movilizadora sigue siendo un nacionalismo desaforado y la adoración a su estado fascista e imperialista.

 

Cada enemigo de Bashar-al Assad ha intentado durante la guerra promover un régimen favorable a sus intereses. La peculiaridad de los distintos intereses nacionales se tradujo en el apoyo preferente a distintos grupos rebeldes. Estados Unidos pretendía conseguir un régimen afín basado en los “rebeldes moderados”. Más adelante abordaremos esta cuestión en mayor profundidad, pero, en resumen, no existían tales rebeldes moderados, y Estados Unidos fracasó estrepitosamente.

 

 

La guerra

 

Miliciarización e internacionalización del conflicto.

 

A principios de marzo 2011, como parte de la Primavera Árabe, se produjeron en Siria protestas que exigían un sistema político más justo y democrático. El gobierno de Bashar Al-Assad reaccionó reprimiendo violentamente las manifestaciones, ante lo cual algunos sectores del ejército y de la población civil decidieron tomar las armas para proteger a los manifestantes y enfrentarse a los miembros del ejército que disparaban contra civiles. Poco a poco la situación desembocó en una guerra civil.

 

En un principio, todos los combatientes que luchaban contra el régimen se englobaron bajo el término “rebeldes” o FSA (Free Syrian Army), sin hacer mayor distinción. En realidad, los rebeldes fueron y siguen siendo una amalgama extraordinariamente heterogénea, complejísima y siempre cambiante de cientos, literalmente, de milicias que se relacionan a través de alianzas, fusiones, disoluciones, cismas, deserciones, joint operations rooms (algo así como asociaciones de operaciones conjuntas) y diversas formas de colaboración, generalmente volátiles. Los militantes, a su vez, con frecuencia han desertado de unos grupos para unirse a otros. Se habla de miliciarización del conflicto, un concepto de gran importancia para comprender la Guerra Siria.

 

El FSA pronto se vio aquejado de varios problemas: una grave descoordinación, luchas internas entre grupos y problemas de logística y abastecimiento. Algunos grupos ni siquiera eran capaces de proveer de munición a sus soldados.

 

En este contexto, los grupos jihadistas empezaron a alzarse de manera imparable, pues estaban mejor organizados, financiados y armados. Recibían apoyo de Turquía, Arabia Saudí y otros países del golfo, que veían una ocasión de derrocar a un régimen hostil e implantar uno afín, y de Al-Qaeda, que buscaba expandirse en Siria. Dinero a espuertas, armamento, inteligencia, logística… Además, millares de combatientes extranjeros, algunos con una dilatada experiencia militar, entraron al país.

Estados Unidos también estaba en un primer momento excitado con la posibilidad de la caída de Bashar al-Assad, pero se encontró con que, a diferencia de los actores antes citados, no tenía ninguna base de apoyo (“boots on the ground”, botas sobre el terreno, una expresión que se empleó mucho) desde la cual implantar un régimen afín, a pesar de sus esfuerzos y de dilapidar una fortuna. Israel también es enemigo de Assad, y desearía en general su caída, pero sus objetivos han sido más limitados (seguramente no vieron nada clara una política directa de cambio de régimen, y el tiempo les ha dado la razón), centrados en hacer todo el daño posible a Irán y Hezbollah y en asegurar sus fronteras, en especial los Altos del Golán. Su intervención ha consistido fundamentalmente en bombardeos directos sobre contingentes iraníes y de Hezbollah, y en proporcionar financiación, armamento y suministros a grupos rebeldes que operan en el suroeste de Siria, cerca de la frontera con Israel.

El ansia por derrocar a al-Assad llevó a Turquía y a Estados Unidos a apoyar de formas más o menos directas, o como mínimo a hacer la vista gorda, a grupos jihadistas extremistas: cualquier cosa con tal de que vayan contra al-Assad. En este punto, Turquía llegó aún más lejos que Estados Unidos, pues se ha demostrado que colaboró directamente con ISIS. Estados Unidos más bien pasó del tema cuando desde Iraq les estaban avisando de la que se estaba liando en Siria, y los peligros de que se extendiera a Iraq, como finalmente ocurrió.

Del otro lado, Rusia no estaba dispuesta a perder un aliado fundamental (incluida su única base marítima en el Mediterráneo) en un foco de incalculable valor geoestratégico. Irán no iba a quedarse de brazos cruzados viendo como el equilibrio regional se decantaba hacia el sunismo pro-Arabia Saudí y anti-iraní. Para Hezbollah, el partido-milicia chií libanés, la supervivencia del régimen aliado de Bashar al Assad era una cuestión existencial, pues la conexión Irán-Siria-Hezbollah es crucial en su lucha contra el agresor israelí.

El conflicto se había internacionalizado, y el destino de los sirios había quedado a merced de los intereses de poderes foráneos.

Puede ser útil, a propósito de lo comentado sobre la internacionalización y la miliciarización, considerar dos niveles en la guerra de Siria. Por un lado, las potencias extranjeras, que ponen los medios: financiación, armamento, aviación, logística, inteligencia, asesoramiento militar… y que se manchan poco las manos. Por otro lado, tenemos las milicias, las “botas sobre el terreno”, reclutadas desde abajo, compuestas tanto de sirios como de extranjeros. Son los que combaten y mueren de verdad. Aquí es importante la capacidad de movilización, la ideología, la moral… No estamos ante una guerra clásica en la que se enfrentan dos ejércitos regulares.

 

Lo dejo aquí de momento, en la próxima entrega me meto a saco a analizar facción por facción, que creo que es una forma relativamente ordenada y práctica de abordar el caos de la Guerra Siria.

 

Un vídeo que está bastante bien, sin ser perfecto, sobre la evolución de la guerra:

 

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