De la naturaleza de las teorías del Valor

Por la pluma de Ismael Crespo Amine, metiendo la pata hasta el fondo en su línea habitual.

No es por la caprichosa fortuna ni por la intrepidez de unas cuantas almas audaces que teorías moribundas hayan encontrado su lugar en la historia haciéndose dominantes y fijándose en el centro como incuestionables. Cualquier verdad no es más que el resultado de una conspiración de humanos con disposiciones mentales semejantes. Dicho de otra manera: en un sentido trascendental, cualquier verdad es contingente, y sólo se hace necesaria cuando se dan las mismas condiciones para que se produzca una conspiración más o menos coherente, unificada y extendida entre las diversas gentes. Y aunque siempre habrá debates entre aquellos que han sido educados por Darwin, los cuales no considerarían necesario ni un argumento por modus ponens o que 2+2=4, y aquellos que, más cercanos a Leibniz o Husserl, consideren que 2+2=4 «te pongas como te pongas», en lo que respecta al último campo de la razón y del conocimiento racional, siempre habrá un sótano oscuro en el cual las cuestiones meta-teóricas más acuciantes seguirán sin poder ser respondidas de manera dogmática, pese al progreso de la ciencia. De ahí que tras mucho remontarse y dudar sobre los principios sobre los cuales se erige una ciencia, siempre se acabe, de alguna u otra manera, en la Filosofía, que lejos de erigir la más sólida de todas las columnas del conocimiento humano, y precisamente por su carácter no dogmático, plantea posibilidades y abre caminos nuevos al pensar en una encarnizada batalla que durará lo que dure la gente que se dedique a esta -aparentemente infantil- tarea.

Así, el proceso de «creación-destrucción» de las teorías sobre los primeros principios es un proceso en continua evolución, desarrollándose a través del tiempo como respuesta a diferentes y cambiantes circunstancias, pero careciendo de propósito o diseño. Incluso es un proceso en cierto modo aparente, pues las teorías más profundas sobre los últimos principios nunca son destruidas sin más, sino que esperan «apagadas» su siguiente oportunidad. Habrá momentos propicios, por tanto, para cada teoría filosófica (sin que por esto algo así como que haya teorías filosóficas sociológicamente más aceptadas sea algo que se explique por la mera moda)

Mi opinión es que a raíz de los cambios acaecidos durante la transición del capitalismo industrial clásico al actual modelo económico (toyotismo, liberalismo, demanda fine-grained, etc.), la Teoría del Valor-Trabajo entró en crisis y dio paso a la preponderancia de la Teoría Utilitarista del Valor como teoría base de la economía mainstream. Esto ya nos compromete, de entrada, con un cierto compromiso respecto al estatus de las teorías del valor: no las consideramos en ninguna manera como teoría científica comprobables mediante experimentos. Las teorías del valor son filosóficas, o más específicamente ontológicas, son construcciones conceptuales con un fundamento en la realidad sólo posible (a diferencia de las construcciones matemáticas de la Física-matemática, por ejemplo). Y aquí es donde las cosas se ponen picantes.

El problema es el siguiente, al estar las técnicas orientadas a fines prácticos, y cumplir su validez en la realización de su objeto, y al estar las ciencias basadas en axiomas -más o menos formalizados-, tanto las ciencias como las técnicas «funcionan» y «progresan» de diversas maneras. Mas la Filosofía, precisamente por no estar del lado de los fines o de los axiomas, se sitúa en cierto terreno de nadie, un terreno que está por completo al amparo de la Historia efectiva en la cual ésta se produce (la filosofía es su tiempo hecho pensamiento, como decía Hegel). ¿Hasta qué punto, entonces, la reflexión filosófica invalida o valida el saber empírico? ¿O hasta qué punto la reflexión filosófica es independiente de los progresos técnicos y científicos? ¿cómo es posible esta relación y de qué naturaleza es?

Respecto a este problema no hay soluciones claras, y de hecho en la Historia encontramos ejemplos que validan tanto la posición que defiende la inutilidad de la Filosofía respecto a las ciencias y técnicas, como la completa dependencia de éstas a cuestiones filosóficas. Aunque la posición más sensata es que, siendo la Filosofía y la Ciencia disciplinas independientes, la Filosofía interactúa con la Ciencia de diversas maneras. Y lejos de plantear una teoría «sí o no» a la pregunta sobre el papel de la Filosofía dentro de la Ciencia, es más prudente observar cómo se han ido produciendo estas interacciones y no tratar la cuestión de manera tan abstracta. En nuestro caso, la pregunta es si las grandes teorías del valor son relevantes para la economía. Si este libro fuese sobre la Física-matemática, seguramente habría que hacer una filosofía de la matemática que diese cuenta de la relación que hay entre este lenguaje y el acceso a la legalidad del mundo. Por tanto, a partir de ahora, sólo nos preocupamos del problema de la conexión entre teorías del valor y sociedad civil bajo el capitalismo.

Un lector suspicaz pudiera objetar que no se ha incluido una reflexión meta-filosófica sobre qué es la Filosofía, y que, por lo tanto, se está presuponiendo un concepto de Filosofía utilizando como engaño el hecho de que vamos a circunscribirnos a una especie de «metaphysica specialis»: lo que T. Hobbes llamaba scientia civilis o filosofía civil. El lector encontrará una respuesta a su inquietud en las siguientes líneas: para nuestra explicación sólo necesitamos dar por sentado que los señores Leibniz y Marx, por ejemplo, son filósofos en tanto que sus reflexiones giran en torno los primeros principios y el ser de los entes, siendo el estudio del ser el estudio del límite y de la esencia de aquello de lo que se habla (en aquello en lo que consiste ser la Sociedad Civil, la mercancía, etc.)

Y es aquí donde normalmente hay una lucha encarnizada entre intérpretes, porque a partir de teorías filosóficas, Marx postulaba tesis que pueden verse como empírico-científicas, como la célebre tendencia decreciente de la tasa de ganancia o la trasformación del valor -un concepto ontológico e ideal– en precios -un concepto económico y real-, lo cual implica ulteriores debates en torno a la continuidad o no del Tomo I respecto del Tomo III de El Capital, habiendo quien defiende que en realidad la tendencia decreciente no es una tesis empírico-científica sino una teoría ontológica incomprobable o que Marx no estaba realmente interesado en demostrar que la teoría del valor era válida para determinar los precios de algo, como es el caso de Carlos Fernández Liria.

Aquí lo curioso, precisamente, es que a pesar de estos debates (todo un monumento del bizantinismo académico), hay quienes hacen suspensión del juicio y continúan sus investigaciones económicas del «capitalismo real» dejando estas cuestiones de lado y no metiéndose demasiado en el sótano. Lo cual parece una prueba más que suficiente de la discontinuidad entre la teorización sobre el valor y el trabajo del economista.

Otro punto controvertido que aceptamos (acaso provisionalmente, como es costumbre en filosofía) es el de considerar que la Teoría del Valor-Trabajo presupone la Teoría Utilitarista del Valor.  Ambas son incompletas si se hace una lectura demasiado literalista de las mismas y ambas se pueden hacer compatibles y aún más, complementarias[1]. En este sentido cabe señalar, reforzando la tesis sobre la relativa independencia entre teorías de valor y ciencia económica, que pese a que filosóficamente uno pueda integrar las dos teorías como dos «momentos» o «caras» de lo mismo, parece que los economistas concretos, que realmente sí creen en dichas teorías y su antagonismo real, siguen haciendo economía, y la siguen haciendo con más o menos solvencia llegando a resultados similares -aunque a intuiciones morales y axiológicas por completo diferentes. ¿Qué sucede entonces con la Teoría del Valor para que esto sea así? ¿es una guía metodológica, es una teoría filosófica-ontológica que trata de establecer el fenómeno económico «ideal» sin llegar a explicar su funcionamiento empírico y «real»? ¿Se tata de mera ideología o de cortes fenomenológicos realizados dentro de la realidad con fines ético-políticos? ¿O se trata, como suele ser moneda común, de una teoría científica falsada y superada? Vayamos a las cosas mismas.

La teoría «alternativa» a la teoría del Valor-Trabajo fue conocida en un principio como marginalismo -o Teoría Utilitarista del Valor-; pese a ser postulada por los españoles hace ya bastantes siglos, y contar con un exponente claro en la figura de Jaime Balmes[2], al ser estos ya no sólo españoles, sino filósofos, y al ser los filósofos españoles completamente irrelevantes no sólo en el mundo, sino en su propio país, en los manuales se suele decir que la teoría fue inventada por un -ahora sí- alemán: Heinrich Gossen, en un libro titulado Desarrollo de las leyes del tráfico humano, de 1854. Pero como la verdad flota en el vacío hasta que los humanos la abrazan en función de condiciones que escapan a su control -y muchas veces a su propio entendimiento-, Gossen retiró el libro de circulación porque no lo quería nadie, se amargó y murió enfadado al poco tiempo.

Más tarde, tres economistas «redescubrieron» la teoría, sacándola del repertorio muerto de las ideas «en potencia», estos eran Karl Menger, William Stanley Jevons y Léon Walras -que fue, al parecer, el que le hizo un gesto obsceno a Ludwig Wittgenstein refutando así toda su teoría del lenguaje como «pintura de la realidad»-. Estos reconocieron a Gossen como un claro predecesor, y llamaron a las dos leyes de la teoría marginal como leyes de Gossen. La primera ley afirmaba que el valor de una unidad de una cosa es igual a su utilidad marginal, la segunda que la utilidad marginal del dinero que la gente invierte en mercancías es la misma. Según el marginalismo, el valor no reside en el trabajo, sino que está determinado por las preferencias individuales de los consumidores, que tienden a valorar más o menos algo en función de la cantidad de bienes que existan en el mercado para satisfacer sus necesidades o sus apetencias. De ahí que la primera ley postule que, si la oferta excede con mucho a la demanda, los precios bajarán y viceversa, o que la primera unidad de algo es la más valiosa. Mientras que la segunda ley postula que los consumidores individuales tiendan a repartir su salario de manera tal que todo lo que ellos invierten sirve para alcanzar la máxima satisfacción posible (no se lo gastan todo en X, sobrándoles X y faltándoles Y, sino que tenderán a hacer cálculos racionales y a invertir de manera óptima en X y en Y de tal manera que «expriman su dinero» para que ni les sobre ni les falte de nada)

Evidentemente, esta teoría, que afirma la existencia de consumidores racionales y en parte «ideales» que gestionan sus recursos de manera óptima según una pura razón instrumental que tiene como único fin la «utilidad», chocaba frontalmente con la teoría del Valor-Trabajo, la cual postula que el valor se crea fundamentalmente mediante el trabajo, que transforma lo que yace sólo en potencia en la naturaleza para generar productos en acto que luego serán transformados en valores de cambio. La fuente del valor, para unos, es el trabajo, para otros, el deseo -la apreciación subjetiva del consumidor-. ¿No encuentra esto un eco evidente en la ya mencionada transición de una economía industrial de oferta en una economía de servicios basada demanda y en la generación de «valor» a partir de la nada?

¿Y acaso no se ha dicho ya que la mejor forma de conceptualizar el concepto de valor como tiempo de trabajo socialmente necesario es aludiendo a algo así como «trabajo deseado»? ¿Cuál es la última ratio del debate entre marginalistas y marxistas? Básicamente, la cuestión de cuál es la causa del Valor, aquello que primariamente lo ha generado, cuál es el sujeto al cual se le puede imputar la ganancia de la producción. El problema es que, como ya alertó Aristóteles, hay varios tipos de causa.

Karl Marx, por ejemplo, no dice que el factor trabajo fuera el único factor capaz de hacer que una mercancía fuera portadora de más valor de mercado: en el aumento o la disminución del valor de cambio de algo es igual o más importante la intervención del capitalista, la disposición espacial de los elementos involucrados en la producción, la información del que dispongan los gerentes, la intervención de las agencias de control o mil cosas más. El capitalista que innova se adelanta a sus competidores, y vende al precio socialmente establecido aun cuando él produce por menos capital variable y más capital constante («más barato» si le sale bien la jugada y amortiza la nueva tecnología) Si las innovaciones requieren un gran capital inicial, es posible que se forme un culo de botella por el cual la competencia no pueda alcanzar el nuevo estadio tecnológico respecto a la clase de mercancía que produce el capitalista innovador; este es un caso típico por el cual un monopolio tecnológico puede generar, más allá de la mera plusvalía, un beneficio[3]. Aunque la tendencia, al final, es que se imponga el nivel tecnológico medio, pues para empresas especializadas en tecnología siempre habrá incentivos para abaratar los costes del capital fijo, habiendo un mercado de competidores que buscan socavar la ventaja del capitalismo innovador.

Los trabajadores, en tanto que trabajadores, no determinan el tiempo de trabajo socialmente necesario de las mercancías que ellos mismos producen, sino que el valor que ellos imprimen a las mercancías está determinado por el contexto económico total, y este contexto, está determinado fuertemente no sólo ya por el nivel tecnológico medio o por las fluctuaciones constantes del mercado, sino de la decisión personal de los capitalistas. Marx decía, por tanto, que el valor dependía de lo «socialmente necesario», y, los marginalistas consideraron que, si esto es así, aquello que causa lo «socialmente necesario» es tanto o más causa de la creación del valor.

Pero es que el Valor es una sutileza metafísica, como tantas veces se ha dicho, y ni es materia bruta ni tampoco el puro deseo que emana ex nihilo. Las condiciones para la comparecencia del Valor, el «ritual caldeo» en el cual este espectro aparece, requiere tanto de sus condiciones causales como de su fundamento. Por una parte, contamos con las causas: como causa eficiente nos encontramos a los capitalistas y sus CEOs, que han organizado cual demiurgos toda la composición productora del Valor, con su capital variable y constante bajo la causa final de generar un plusvalor (para ello han de asegurarse, y si no lo hará la publicidad, de que sus productos sean valores de uso). Además, hay que contar con otros factores como la inflación, el factor-tiempo o las eventualidades más dispares, desde las guerras hasta las abundantes lluvias. Por otro lado, tenemos la causa material, aquellas cosas que aparecen como mercancías, los deseos y las necesidades de los consumidores: la cosas que se usan, la contraparte empírica de toda ontología del Valor, incluyendo el trabajo concreto. Finalmente, el alma de las cosas, su causa formal, el estar lo que se produce en posesión de la substancia Valor, lo cual sólo se conoce a posteriori, una vez la mercancía se lanza al vacío como Butes a la espera de que la Sirena le acepte entre sus brazos y sea homologable, en tanto que cosa con Valor, por otra cosa con Valor. Y es ahí que, como Butes, la mercancía desaparece y es consumida: el Capital ha dado una nueva vuelta sobre su propio eje.

Por otra parte, preciso es atender al fundamento y la fuente del Valor, que debiera ser el tiempo de trabajo[4], una vez éste ha sido filtrado por todo aquello que ha sido visto como causa. Hemos visto que en términos ético-políticos, la participación de la generación de valor es multilateral y no se reduce al trabajador, y por tanto es menester abstraer las cuestiones políticas accidentales que de facto suelen surgir en este tipo de debates, en los cuales unos y otros prefieren destacar cierta parte del proceso para defender a la clase que hace o no hace más para producir beneficio (no habiendo en la discusión tampoco un consenso sobre lo que es una clase social, por si fuera poco).

Careciendo de toda consecuencia política clara, y empleando la lógica, debemos ser capaces de imaginar cómo sería el «átomo» del Valor si hubiera un telescopio capaz de escudriñar lo suprasensible. El caso es que el poseedor del dinero, si compra las cosas a su valor y las vende a su valor, puede o bien ser un especulador o bien un empresario; como no toda la economía puede basarse en una especie de sistema piramidal en la cual todos se intenten estafar mutuamente (aunque haya bastantes sectores dedicados básicamente a tomar el pelo a la gente que no tiene ni idea -y cada vez más-), hay que presuponer que el nuevo valor lo engendran los empresarios. ¿Qué hacen los empresarios? En las mercancías (M) del D-M-D´ que estos compran para obtener un beneficio incluyen muchas cosas: cemento, palas, ordenadores, papel, humanos, cartelas, picos, etc. Al empresario, al poseedor de acciones o al economista «positivista», en principio, le da igual lo que genere o no valor: él mete inputs y le salen outputs; y lo que suceda en la fábrica está en todo caso close for bussiness.

Los humanos, desde el punto de vista del beneficio, no parecen más relevantes que las palas o el cemento. En todo caso si hay un siniestro laboral los empresarios tendrán que pagar por indemnizaciones y el precio de contratar humanos dependerá del nivel de vida del país en el cual se los contrate, de su organización sindical y cuestiones de este jaez: nada que no se pueda solucionar invirtiendo en capital fijo o desplazando la fábrica a un nuevo remanso de paz (Taiwan, China, Rep. del Congo, etc.).

Pero desde el punto de vista lógico, se sabe que es la fuerza de trabajo lo que aumenta el valor, porque cuando sucede que un producto requiere menos trabajo, a la larga, será portador de menos valor, siempre. En la realidad se están consumiendo continuamente unidades de los stocks existentes de las diferentes mercancías, y sin embargo su valor no cambia… mientras no varíen las condiciones de producción. Esta es una cosa que saben los capitalistas, y por eso, en sectores en los cuales no hay monopolios, se suele de facto mejorar la maquinaria o abaratar el precio de la mano de obra intentando vender lo más caro posible sin exceder la tasa media de ganancia que se establece en función de la presión que existe por parte de la competencia.

Un economista marginalista diría que las cosas se vuelven más baratas no porque incorporan menos trabajo (que es la fuente del Valor) sino porque hay un menor coste marginal para producirlas, es decir, se vuelven más baratas de hacer en general (sin tener en cuenta la parte variable y constante). Además, si se dan más valores de uso de una clase de mercancía, más cosas, éstas tenderán a tener menos utilidad marginal en tanto en cuanto habrá una escasez relativamente menor. El problema es que muchas veces se siguen produciendo 100 cosas bajo mejoras productivas y no 150 -porque no hay mercado suficiente para que se produzcan 150, por ejemplo-, lo que significa que el que éstas valgan menos no se debe a que «haya más» y su utilidad marginal decrece en tanto que hay menos escasez. Un marxista diría que la fuente del valor, el trabajo, ahora ha producido muchas más mercancías en el mismo tiempo, y por lo tanto cada cosa incorpora menos tiempo de trabajo socialmente necesario. Aquí la TUV no distinguiría entre Capital Constante y Variable, pero también tomaría en cuenta el coste de producción como factor clave. Aquí la cosa es sutil, pero creo que rasca de qué va al final la canción. En distinguir o no entre costes (en un sentido lógico) o no distinguirlos.

La fuerza de trabajo socialmente necesaria es solo la media o centro de gravitación de los precios, que una vez dentro del sistema de competencia capitalista se forman a partir de la tasa de ganancia media. En multitud de casos sucederá que el valor de una mercancía fluctúa sin cesar aun cuando las condiciones productivas son las mismas, habrá mil artimañas y situaciones que «contrarresten» la ley del valor. Pero que haya una correlación entre valor de uso y valor de cambio no contradice la hipótesis de que existe el valor como substancia y objetividad no-física sobre la cual orbita el precio de una mercancía. Lo que es lo mismo, aunque haya muchas veces en las cuales el Valor-Trabajo sea despreciable en relación con lo que realmente acontece en la economía real, es lo que en fondo está como piedra de toque y fundamento último de toda la Sociedad Civil.

¿Pero por qué realmente se ha puesto tantísimo peso en la demanda, en el consumidor y en el deseo subjetivo y se ha olvidado la parte de la producción «bruta», fácilmente identificable en épocas pasadas, especialmente en la economía industrial clásica? ¿por qué el olvido del fundamento del capitalismo por parte de los economistas? Porque el Valor en sí se ha convertido en una pantomima, en parte por el propio funcionamiento de la Piscina de Bolas; y el capitalismo en una tomadura de pelo, como suele suceder en los ciclos de recesión generalizada en el cual despunta el poder financiero.

[1] La compatibilidad de las dos teorías no es algo nuevo o que esté en discusión, ya en el siglo XIX Antoine Augustin Cournot, que se hizo célebre por ser el primero en aplicar sistemáticamente las matemáticas al estudio de la economía, era marginalista y defendía la Teoría del Valor-Trabajo; el mismo Marx, como se ha dicho, presuponía la teoría marginal, aunque en función del objetivo de su estudio no era de su interés desarrollarla, pues el filósofo buscaba las leyes internas y estructurales de la Sociedad Civil; no el funcionamiento efectivo de la Economía Política. No obstante, hay marxólogos como Rubín que han señalado que «cierta forma expositiva de Marx» a veces pudiera dar a entender que la oferta y la demanda son cuestiones que están en segunda fila, cuando en realidad son cosas que se están presuponiendo constantemente.

[2] Decía el filósofo español: La medida única del valor de una cosa es la utilidad que proporcionaba (…) siendo el valor de una cosa su utilidad, o aptitud para satisfacer nuestras necesidades, cuanto más precisa sea para la satisfacción de ellas tanto más valor tendrá; débese considerar también que si el número de estos medios aumenta, se disminuye la necesidad de cualquiera de ellos en particular; porque pudiéndose escoger entre muchos no es indispensable ninguno (…). Un pedazo de pan tiene poco valor, pero es porque tiene relación necesaria con la satisfacción de nuestras necesidades, porque hay mucha abundancia de pan; pero estrechad el círculo de la abundancia, y crece rápidamente el valor, hasta llegar a un grado cualquiera, fenómeno que se verifica en tiempo de carestía y que se hace más palpable en todos los géneros entre las calamidades de la guerra en una plaza acosada por muy prolongado asedio. Entonces podrá valer un pan una onza de oro, diez, diez mil si el hambre llega a su máximo. Y ¿por qué? Porque se aumenta la relación que tiene aquel para satisfacer nuestras necesidades; y si algún valor le queda es por la eventualidad que hay de que, pasado el asedio, podrá ser útil, podrá valer para el propio objeto. Jaime Balmes «verdadera idea de valor», Obras completas, Tomo XI, ed. P. Ignacio Casanovas, pág. 339-341

[3] Aunque el margen de este beneficio sólo podrá ser pagado por Valor proveniente del trabajo abstracto si tenemos en cuenta el proceso en su dimensión total, de ahí que Karl Marx considere que cualquier teoría económica que postule la creación de Valor a partir de la nada sea una mistificación

[4] El concepto de tiempo, como ya se ha dicho, no es el mero concepto de tiempo que solemos emplear trivialmente los humanos de la Tardomodernidad; al cual solemos medirlo en referencia a lo que tarda en dar la vuelta la Tierra sobre su eje. En la vida cotidiana, podemos decir, 10 horas son lo mismo que 10 horas. Pero en la Economía Política no es así. He aquí la dimensión metafísica del concepto de «tiempo» en Marx, TT=TT se da independiente de la magnitud física, sin embargo, si el tiempo de trabajo socialmente necesario no es lo mismo que el tiempo como magnitud física, ¿cómo medimos el TT si solemos medir el tiempo con la acumulación de los segundos, los minutos y las horas? No como se pudiera medir científicamente (y por eso la Teoría del Valor no es sin más «ciencia») Se presupone que TT=TT aun cuando esto no se puede medir, y esto por motivos lógicos y ontológicos.

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