La macroeconomía política de la desigualdad: empleo, gasto público y poder de clase

Las decisiones en política macroeconómica tienen una importancia crucial sobre el reparto de la riqueza. El gobierno (y las autoridades monetarias) está en condiciones de implementar una política de pleno empleo a través de estímulos fiscales (aumento del gasto y/o reducción de impuestos) y monetarios (reducción de los tipos de interés), siempre que sus términos de intercambio internacionales estén saneados y puedan abastecerse de las importaciones necesarias (simplificando, esto suele querer decir que pueden obtener las importaciones necesarias a cambio de sus exportaciones. Para una explicación más completa de la balanza externa: http://el-meollo.com/index.php/2018/09/20/que-es-una-crisis-de-balanza-de-pagos-los-casos-de-argentina-y-turquia/ ). Un Estado con soberanía monetaria no tiene ninguna limitación presupuestaria, financiera, a la hora de aplicar estímulos e incurrir en déficits.

Estos estímulos macroeconómicos aumentan la demanda agregada, incluida la demanda de trabajo, de modo que el desempleo disminuye y los salarios aumentan porque hay una mayor demanda de trabajadores en relación a su oferta. Es más, el pleno empleo es progresivo, beneficia más a los trabajadores más pobres, menos cualificados y más vulnerables a través de unos mayores salarios y un incremento de las horas trabajadas. Inversamente, el desempleo golpea con más dureza a estos colectivos, tiene un carácter regresivo. Esto es bastante intuitivo: un médico o un profesor de instituto no van a perder su empleo tan fácilmente, ni a ver reducida su remuneración, como un empleado de la construcción o de la hostelería en tiempos de crisis.

Conviene hacer una aclaración. La política macroeconómica, indudablemente, tiene una dimensión técnica. Una vez se alcanza el pleno empleo y los factores de producción están en uso al completo, no tiene sentido seguir aplicando estímulos, pues ello solo ocasionaría inflación sin ninguna ganancia real. Y, al contrario, en caso de recesión y desempleo, no tiene sentido aplicar políticas contractivas (aunque en esto consisten justamente las políticas de austeridad). Sin embargo, entre estos extremos hay un margen de maniobra, y se puede optar por un equilibrio en un nivel de mayor o menor crecimiento, empleo y salarios. Dentro de este margen, los movimientos implican repartos distintos de la riqueza producida (además de una mayor o menor producción de riqueza).

Esta es justo la diferencia que observamos entre los dos periodos económicos diferenciados que vivió el mundo industrializado desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. En el primer periodo (1946-1980), denominado con frecuencia la Edad Dorada del Capitalismo, el crecimiento fue robusto, repartido de forma progresiva y se rozaba permanentemente el pleno empleo. En el periodo neoliberal (1980-por favor que acabe pronto ya), en cambio, el crecimiento fue menor, repartido de forma muy regresiva, y con mayores niveles de desempleo.

La situación se agrava porque la desigualdad es en sí misma contraccionaria y tiene un efecto de retroalimentación positiva por vía macroeconómica. La propensión marginal al consumo es mayor en las personas con ingresos bajos, de modo que una redistribución pro-desigualdad reduce la demanda agregada, pues los ricos consumen menos por cada unidad de renta adicional. La menor demanda agregada, a su vez, ralentiza la economía y deprime el empleo y los salarios, con lo que se refuerza aún más la desigualdad. Dean Baker estima para Estados Unidos que como consecuencia de la redistribución hacia arriba en las últimas cuatro décadas ha habido una pérdida de demanda por consumo equivalente a un 2.5% del PIB (y para nada se ha contrarrestado con una mayor inversión, como a veces nos quieren colar: http://el-meollo.com/index.php/2018/10/26/por-que-es-imposible-ahorrar/ ). Este déficit crónico de demanda se tiende a paliar mediante el endeudamiento privado y las burbujas, para mayor gloria y expansión del sector financiero, lo que aumenta la inestabilidad de la economía y la frecuencia de las crisis.

En suma, en política macroeconómica se debe valorar el riesgo y coste de un menor crecimiento (y menor empleo y salarios) en relación con el riesgo de la inflación y sus costes. Como abordaremos en profundidad más adelante, los intereses de las clases dominantes sesgarán la política macroeconómica (y la ciencia macroeconómica); en concreto, se peca de una prudencia excesiva frente a la inflación, con el consiguiente coste para las clases populares. Por poner un ejemplo, En Estados Unidos, durante el boom de finales de los 90, el desempleo se redujo por debajo de la NAIRU (non-accelerating inflation rate of unemployment) calculada por la Congressional Budget Office, es decir, el nivel de desempleo por debajo del cual la inflación se acelera indefinidamente; sin embargo, la inflación no solo no aumentó, sino que se ralentizó.

 

Los límites del estímulo macroeconómico

Hay que tener en cuenta que la demanda agregada, como su propio nombre indica, es un concepto que intenta sintetizar una realidad económica muy heterogénea; los factores de producción son muy variados y se pueden alcanzar cuellos de botella en cualquiera de ellos, lo que provocará un alza de precios. Veamos algunos ejemplos: en las crisis del petróleo de los 70, el aumento vertiginoso de su precio obligó a detener o ralentizar un gran volumen de actividad económica. Algo así, pero peor, puede ocurrir en el escenario de escasez de petróleo (peak oil) al que parece que nos acercamos irremediablemente. Como el petróleo subyace a la práctica totalidad de nuestras economías, su escasez limita irremediablemente el potencial productivo de la economía, y no hay estímulo fiscal que valga.

Otro ejemplo. Imaginemos un gobierno keynesiano, pero bastante torpe, que decide implementar el estímulo casi exclusivamente a través del gasto en obra pública: embalses, puentes, aeropuertos… Pronto se alcanzarían cuellos de botella en factores de producción como el cemento y demás materiales necesarios en la construcción, en albañiles y personal de mayor cualificación. Los factores de producción de la construcción ya no dan más de sí para hacer frente a la vigorosa demanda, los precios y salarios suben (recordemos el sueldo de albañil en la España de la burbuja), luego se disparan y la producción alcanza un máximo que no se puede superar a corto plazo. Y aun así, es perfectamente posible que siga habiendo desempleo y factores de producción ociosos en otros sectores. Si el estímulo se hubiera hecho de forma más inteligente y variada, se podría haber alcanzado el pleno empleo.

Un último ejemplo. Imaginemos que nuestro país no produce absolutamente ningún bien o servicio competitivo globalmente, nadie nos quiere comprar nada, nuestras exportaciones son 0. Sin embargo, necesitamos importar petróleo, cobre y varias materias primas. Bueno, pues no podemos y la economía se va a pique. Es evidentemente un caso extremo e irreal, pero da cuenta de otra limitación importante derivada de la balanza externa.

Menciono todo esto porque muchas veces se nos acusa a quienes defendemos medidas de estímulo macroeconómico de pensar que esto es la varita mágica del imprimir dinero y hala, todos los problemas económicos se solucionan. En realidad, muchas veces somos incluso más conscientes de las limitaciones de la economía que en las corrientes ortodoxas, especialmente por lo que toca al peak oil y los problemas ambientales. Como se puede observar, somos conscientes de una gran variedad de limitaciones, cada una con sus características propias.

Lo que proponemos es una solución para las crisis debidas a una demanda agregada insuficiente cuando la economía tiene, de hecho, recursos disponibles para satisfacer una demanda agregada mayor. No es poco, esta es en realidad la causa de la mayoría de las crisis, señaladamente la Gran Depresión y la Crisis de 2008 fueron de este tipo. Y es una pena porque el arreglo es bastante fácil, sobre todo en comparación a las crisis reales, materiales, como la ambiental que se nos echa encima.

 

Aspectos políticos y de clase

En su artículo pionero de 1943, The political aspects of full employment, Kalecki argumentaba que una situación sostenida de pleno empleo altera sustancialmente las relaciones de poder entre la clase capitalista y los trabajadores. En primer lugar, con pleno empleo el trabajo es escaso, por lo que su precio aumenta, i.e, aumentan los salarios por la mera acción de la oferta y la demanda. La eficacia del despido como amenaza queda anulada, pues los trabajadores saben que podrán encontrar otro empleo fácilmente. En conjunto, los trabajadores están en una posición mucho más favorable para organizarse y luchar políticamente por unas mejores condiciones en todas las áreas. Todo ello favorecerá una redistribución de la riqueza en favor de los trabajadores y en detrimento de los beneficios.

Según Kalecki, la clase capitalista tenderá a preferir un equilibrio de menor crecimiento, mayores beneficios relativos (aunque no absolutos, pues la producción y el crecimiento son menores), mayor desempleo, menores salarios, mayor desigualdad y mayor poder social para su clase.

Peor aún, la receta para el pleno empleo, como hemos visto, son las medidas de estímulo estatales, que generalmente promueven la inversión en obras públicas, educación, sanidad, subsidios… en suma un Estado del Bienestar. Este tipo de medidas tienen potencialmente un efecto democratizador: el pueblo quiere decidir hacia dónde canaliza el Estado los recursos materiales de la sociedad. Tienen una opinión sobre construir hospitales y dotarlos, sobre invertir en educación, investigación, ayudas a la dependencia… La clase capitalista observará este fenómeno con preocupación, ya que su poder se deriva de su control monopolístico de clase sobre el proceso de inversión en la sociedad. Son ellos quienes deciden si invertir o no y de qué forma, siempre con el objetivo de maximizar su propio beneficio. Una vez que la población descubre que el Estado tiene amplia capacidad para movilizar recursos (de hecho, es el agente con mayor capacidad en este punto) hacia inversiones sociales, existe la amenaza de una deriva hacia una socialización de la economía. No necesariamente estamos hablando de comunismo, pero una mayor socialización siempre va a ser problemática. Las personas ya no dependen exclusivamente de los capitalistas para encontrar trabajo, ni para satisfacer muchas de sus necesidades básicas que provee el Estado del Bienestar de forma gratuita, en lugar de la empresa privada, a cambio de un dinero obtenido en forma de salario en la empresa privada. Los nichos de mercado y beneficio para las corporaciones pueden verse reducidos en favor de una canalización de los recursos hacia bienes públicos y sociales que no generan beneficio empresarial. Dado que los recursos son limitados, estos dos usos entran necesariamente en competencia.

Por supuesto, la clase capitalista no tiene problemas cuando la intervención e inversión estatal canaliza recursos en su propio beneficio, es más, siempre han necesitado que el Estado cumpla esta función de muy diversas formas. Un ejemplo ilustrativo es Estados Unidos al acabar la Segunda Guerra Mundial. La prensa de negocios expresaba la preocupación de que con el fin de la guerra y el “estímulo” que implicaba, la economía volviera a entrar en un estado depresivo de falta de demanda, como en los años 30. La solución fue continuar con un gasto militar boyante, el llamado keynesianismo militar, que se ajustaba perfectamente a los intereses del sector privado. El gobierno financia masivamente la investigación y el desarrollo de tecnologías punteras, nominalmente por motivos militares. Las empresas privadas adoptan esas tecnologías y conocimiento y venden aviones, misiles o lo que sea al gobierno. De esta forma, se aseguran su competitividad y liderazgo tecnológico y una demanda constante para sus productos fuera de los cauces comerciales. Después, tras años o décadas de desarrollo en el sector público, las tecnologías financiadas llegan a su etapa comercial, para que sean explotadas con enormes beneficios por el sector privado.

Por ejemplo: Estados Unidos financia la investigación aeronáutica. Boeing recibe el nuevo conocimiento y fabrica unos aviones de guerra que le compra el gobierno. El gobierno financia el desarrollo de la siguiente generación de tecnología aeronáutica. Boeing incorpora esta tecnología (con laboratorios y ventures público-privadas, para asegurarse de que el conocimiento se transmite al sector privado, es lo que se llama “transferencia tecnológica”) y fabrica aviones de guerra aún más letales que el gobierno le compra para tener la última generación de aviones de guerra. Finalmente, la tecnología llega al punto en que el transporte aéreo puede ser ofrecido a las masas y explotado comercialmente.

En suma, el keynesianismo militar es política industrial, estímulo macroeconómico dominación mundial y un regalo directo para los superricos, todo de un plumazo.

 

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La mayoría de siglas son agencias militares o, en cualquier caso, estatales.

 

Si todo esto parece demasiado conspiranoico, al final del artículo he recopilado una serie de extractos de la prensa de negocios de la época en los que se expresa abiertamente esta visión.

 

Por último, la financiarización de la economía contribuye a la preferencia de las élites por un entorno macroeconómico pro-desigualdad en lo tocante a la política de tipos de interés. Al sector financiero le benefician los tipos de interés altos para atraer al capital extranjero. Además, en tanto las subidas de los tipos de interés tienen un efecto contraccionario, perjudican al crecimiento y a las clases populares, pero mantiene la inflación bajo mínimos. Los efectos de la inflación (sin alcanzar hiperinflación) sobre la economía no están nada claros; lo que sí está claro es que perjudica al sector financiero, pues sus operaciones se suelen efectuar con tipos de interés nominales, no reales, de modo que la inflación erosiona sus beneficios e introduce incertidumbre (http://el-meollo.com/index.php/2018/10/12/los-tipos-de-interes-como-herramienta-de-la-politica-monetaria-de-los-bancos-centrales/ ).

 

Para ampliar:

  • El breve artículo de Kalecki, que no me canso de recomendar: Los aspectos políticos del pleno empleo.

http://www.olafinanciera.unam.mx/new_web/21/pdfs/KaleckiOlaFinanciera21.pdf

  • Sobre política macroeconómica y desigualdad en la actualidad: El capítulo 3, “The macroeconomics of upward redistribution”, del libro Rigged: How Globalization and the Rules of the Modern Economy Were Structured to Make the Rich Richer, de Dean Baker, disponible de forma gratuita aquí: https://deanbaker.net/books/rigged.htm
  • World Orders: Old and New, de Noam Chomsky, ver en capítulo «The political-economic order» el apartado «Free Enterprise, Free Markets»

 

Algunos extractos interesantes sobre el keynesianismo militar, recopilados aquí http://www.understandingpower.com/ :

«Newsgram From the Nation’s Capital,» U.S. News and World Report, May 26, 1950, pp. 7-8. An excerpt (emphasis in original):

Money Supply will continue to be abundant, rising. Population will go on rising. Households will grow proportionately faster than population. «Cold war,» at the same time, will go on, uninterrupted. It’s in that little combination of facts that Government planners figure they have found the magic formula for almost endless good times. They now are beginning to wonder if there may not be something in perpetual motion after all. The formula, as the planners figure it, can work this way: Rising money supply, rising population are ingredients of good times. Cold war is the catalyst. Cold war is an automatic pump primer. Turn a spigot, and the public clamors for more arms spending. Turn another, the clamor ceases. A little deflation, unemployment, signs of harder times, and the spigot is turned to the left. Money flows out, money supply rises, activity revives. High activity encourages people to have bigger families. . . . Good times come back, boom signs appear, prices start to rise. A little inflation, signs of shortages, speculation, and the spigot is turned to the right. Cold-war talk is eased. Economy is proposed. Money is tightened a little by tighter rein on Government-guaranteed credit, by use of devices in other fields. Things tend to calm down, to stabilize. That’s the formula in use. It’s been working fairly well to date. . . . Truman confidence, cockiness, is based on this «Truman formula.» Truman era of good times, President is told, can run much beyond 1952. Cold-war demands, if fully exploited, are almost limitless.

 

«From Cold War to Cold Peace,» Business Week, February 12, 1949, p. 19. An excerpt:

But there’s a tremendous difference between welfare pump-priming and military pump-priming. . .  Military spending doesn’t really alter the structure of the economy. It goes through the regular channels. As far as business is concerned, a munitions order from the government is much like an order from a private customer. But the kind of welfare and public works spending that Truman plans does alter the economy. It makes new channels of its own. It creates new institutions. It redistributes income. It shifts demand from one industry to another. It changes the whole economic pattern.

 

Frank Kofsky, Harry S. Truman and the War Scare of 1948: A Successful Campaign to Deceive the Nation, New York: St. Martin’s, 1993. An excerpt (p. 37):

Although the aircraft companies could not have been more eager to tap the U.S. treasury, their executives were also enormously concerned that any federal funds they might receive not even resemble — much less be called — a subsidy. Their reasoning was the same that impelled William Allen, the president of the Boeing Airplane Company, to insist that any computation of the airplane makers’ wartime profits be on the basis of sales, not investments. If the taxpayers were ever to realize how much the creation, expansion and current well-being of the aircraft industry depended on money they had provided, Allen and his counterparts feared, their outrage might result in a demand for nationalization. Advocates of such a measure might plausibly argue that as long as the public was expected to continue footing the bill to keep the airplane builders in operation, it might as well own that for which it was being forced to pay. . . . The trick, therefore, was for the industry to achieve the beneficial effect of a subsidy without the appearance of having taken one.

 

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