El Barroco como dispositivo jurídico

Por la berrueca plumbea pluma del muy leal y felicísimo Ismael Crespo Amine

 

El término «barroco» no  proviene de un préstamo francés: «extravagante»; o de uno florentino, barochio: «engaño». O no en mi opinión. Hay que seguir a Covarrubias aquí, barroco debe venir de «berrueco»: irregularidad en el terreno (a veces «berruga»). Y es que, a diferencia del clasicismo posterior,  que no ha de confundirse con la depuración de la reforma, lo que destaca del barroco en su tradición jurídica y teológica es la completa dependencia del texto de una caracterización del mundo compleja e irreductible en sus relaciones. Es el mundo lo que es complejo, y no el texto: el texto sólo trata de «decir» el mundo.

¿Y por qué lo barroco no podía ser simplemente lo extravagante? Sencillo, porque lo barroco era lo normal, mientras que el clasicismo era lo raro, y era lo que, además, «se engañaba» para generar la ficción, que pudiéramos llamar, «positivista». Por una parte, tenemos que el primer positivista relevante de la historia es Thomas Hobbes, su libro El Leviatán postula la idea de «un individuo» (término que no existía antes) usando el término más conocido de «persona» (máscara, aquí sí, engaño, pero sólo un engaño en tanto en cuanto sale del dispositivo retórico típico del Barroco). Por otra parte, postula un «Estado», que es bueno (en contraposición a el Behemot, título que se reserva para su libro póstumo sobre la Guerra Civil en Inglaterra). ¿Cómo hubiera leído un barroco del siglo XVII esto de «El Estado» y «El individuo»?

Y aquí cedo la palabra a un admirado jurista español Bartolomé Clavero,  de una extensa obra. De hecho, este artículo no es sino una excusa para recomendar su lectura (su página es esta: http://www.bartolomeclavero.net/)

 

En cuanto que ser humano, nadie tenía derecho alguno; en cuanto que magistrado, clérigo,
noble, ciudadano o urbanita, mercader, artesano, rústico o campesino, trabajador
no propietario, trashumante, mujer, madre, monja, menor, cristiano, pagano,
converso, indígena o indio, africano o esclavo, etc., etc., todos y todas tenían sus
correspondientes y distintos derechos y deberes, o incluso alguno, como el último,
derecho ninguno y deber más que nadie. La mera idea del individuo cual sujeto
para el orden jurídico, aunque no lo fuera de libertad en su caso, minaba y subvertía
todo un complejo y elaborado montaje de condiciones sociales, de estratificaciones
y jerarquías, de dominios y sujeciones. Dicho mundo era el representado y articulado,
el definido e impuesto entonces, por las obras de carácter o alcance normativo, las
de teología y las de derecho principalmente. La forma era barroca porque era
barroco el fondo.

Con el «Estado» pasaba lo mismo:  Estado tenía la mujer, como estado suyo el
campesino, como distinto el mercader, como otro el magistrado de la comunidad,
como el propio el monarca del reino, ni siquiera éste claramente el superior, pues
existían los estados eclesiásticos en dicho mismo sentido de condición social
diferenciada y formalizada. 

Entonces, ¿qué era lo que postulaba Hobbes? Hobbes, como se ha dicho tantas veces, hace un «experimento abstractivo», le da igual si el humano de carne y hueso es indígena, marroquí o mujer, ignora toda condición concreta. Postula, de manera análoga a Descartes, Galileo, Marx o Kant una serie de «presupuestos» a priori: (1) un individuo sujeto de derechos y (2) Un Estado poseedor de poderes, garante de los derechos y monopolio de la decisión política-jurídica (esto se conoce hoy como «positivismo jurídico», a saber, que el Derecho sólo provenga del ente «Estado»). Bien, este individuo, por tanto, no existe -ni puede existir- en la Realidad, y desde el punto de vista «contractualista» y hobbesiano, la suma de individuos amparados por un Leviatán o Common Wealth son «el mismo individuo multiplicado».

Los barrocos, los románticos después, y finalmente, los conservadores, dirán y alegarán: pero vamos a ver, Hobbes, «yo no veo al ciudadano, yo veo al francés, al marroquí o a la mujer». Pero esto nos ha de remitir inmediatamente a los aristotélicos que, contrariando a Galileo, le decían: «Galileo, no veo el plano inclinado ni la circunferencia perfecta». ¡Claro que no la vas a ver! Pero eso no quita que sea, de alguna manera, lo más real, lo que decide en última instancia, quien va y quien no va a la cárcel, o quien puede hacer un contrato, casarse, hacer un trámite burocrático, disponer de un DNI y poder viajar por el mundo amparado por el Estado propio, etc.

Finalmente, tenemos que Bartolomé Clavero reivindica dos cosas, y aquí yo planteo una meditación, la cual dejo al lector:

  1. Para Clavero, el contractualismo no sirvió para «suprimir las diferencias» y generar una ficción jurídica tal que todos conseguimos ser, para lo que realmente importa, iguales (dejando las diferencias para nuestra vida privada). Más bien, lo que sucede, es que el hombre blanco europeo es el que se identifica con el ciudadano.
  2. En este sentido, Clavero reivindica un cierto barroquismo multiculturalista que sobre la base jurídica del positivista permita hacer visible la diferencia y reconocerla.

Pero yo pienso que, al contrario, lo que hay que hacer es «completar el programa clasicista y moderno» de Hobbes. Es decir: subsumir, de una vez por todas, toda diferencia sobre la Identidad jurídico-política del Contrato Social. Y, por tanto, en un sentido muy liberal, relegar las diferencias en el plano privado de cada cual. Considero que todo lo que no sea esto, va a acabar cayendo en un cierto arbitrismo social, e incluso en cierto fanatismo. Toda política de la identidad y la diferencia es una política barroca, irregular, tendente hacia el romanticismo político y hacia la contradicción. Sin embargo, toda política supresora de diferencias en el plano público es lo más racional posible.

En este sentido, cabría relacionar lo que defiendo aquí con la crítica que hace Carl Schmitt a la ONU y la Carta como «instrumentos del imperialismo». Matizo brevemente diciendo que en realidad Carl Schmitt no estaba tan en desacuerdo con la doctrina Monroe, y que de hecho lo que pedía es que Europa copiara el modelo estadounidense. Pero lo relevante aquí  tantear que cosas tales como el contractualismo o la ONU en realidad son lo mejor que tenemos. Y aunque históricamente fuese cierto que estas quimeras ideales han servido para intereses particulares, con ello no debemos confundir el debate entre «amigos-enemigos/caos-orden» con el más progresista «ser-deber-ser».

La sospecha antes era «pesimista»; ahora la filosofía de la sospecha ha de reconocer que en realidad el camino trazado por los modernos no era tan perverso como parecía.

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