¿Qué es una crisis de balanza de pagos? Los casos de Argentina y Turquía

Autor: Marcos Sánchez Muriel

Lo que está pasando en Argentina y Turquía es una crisis típica de balanza de pagos como las que desde los 80 han estado azotando de forma recurrente a los países en desarrollo. La balanza de pagos es el conjunto de relaciones económicas de un país con el resto del mundo. Es decir, exportaciones, importaciones y capital que entra y sale, fundamentalmente.

Para entender este tipo de crisis, tenemos que saber cómo funcionan estas relaciones económicas internacionales. Empecemos por lo más básico: un país necesita importar diversos productos del resto del mundo, y es capaz de obtenerlos a cambio de sus exportaciones. El conjunto de importaciones y exportaciones se denomina balanza comercial, que es uno de los principales componentes de la balanza de pagos.

Ahora bien ¿qué pasa cuando el valor de las importaciones es superior al de las exportaciones (déficit comercial)? ¿cómo puede entonces un país pagar por esas importaciones “extra”? La respuesta es que el resto del mundo le está prestando dinero; más precisamente, está entrando capital extranjero al país y es este capital el que en última instancia permite pagar las importaciones deficitarias. A los flujos de entrada y salida de capital se les denominan en conjunto cuenta de capital.

Esta es una versión muy simplificada con la que se capta el meollo del asunto aun cuando en realidad las cosas son un poco más complejas. Primero porque el comercio internacional no se lleva a cabo mediante truque, sino con moneda. De hecho, varias monedas, pues se trata de comercio entre países con distinta moneda. Y, segundo, porque el comercio internacional lo llevan a cabo una multitud de empresas, no los estados como entidades monolíticas. Y cada una de esas empresas toma sus decisiones pensando en sus intereses y no en el efecto global de sus transacciones sobre la balanza de pagos nacional, el tipo de cambio de su moneda, etc.

Desarrollemos el primer punto, que es el que tiene más miga: la moneda. De hecho, las crisis de balanza de pagos se denominan también crisis cambiarias, porque se caracterizan por una devaluación pronunciada de la moneda local. Lo fundamental es entender cómo funciona el tipo de cambio, es decir, cuánto vale una moneda al cambio con otras monedas. Para ello, lo mejor es pensar que una moneda es como cualquier otro bien: si la demanda de una moneda aumenta, su precio sube, si la demanda disminuye, su precio baja. Así, cada vez que un país exporta, su moneda tiende a apreciarse; cada vez que importa, su moneda tiende a devaluarse. Cuando una empresa exporta, el comprador extranjero tiene que cambiar su moneda por la moneda local para pagar su compra. Otra opción es que la empresa exportadora, para facilitarle las cosas al comprador extranjero, le venda el producto en moneda extranjera, pero, después, la empresa exportadora cambiará esa moneda extranjera por la moneda de su país de origen, que es la que usa mayoritariamente en sus operaciones. Estos detalles nos dan igual, hay fórmulas más enrevesadas y menos enrevesadas, pero el caso es que se está comprando moneda local, lo que aumenta su valor. Y con las importaciones sucede justo lo contrario.

Otro tanto ocurre con los movimientos de capital: cada vez que algún extranjero invierte en el país, presta o compra deuda del país, la moneda se aprecia. Es decir, la entrada de capital constituye también un aumento de la demanda de moneda local, y la salida de capital una disminución, lo que afecta de manera acorde a la valuación de la moneda.

Ahora el segundo punto. Desde un punto de vista global, habíamos dicho que un país obtiene sus importaciones a cambio de exportaciones, pero lo que en realidad está ocurriendo es que por un lado una empresa importa y paga en moneda (y hay de por medio cambio de una moneda por otra) y, por otro, otra empresa exporta y cobra en moneda. Y lo mismo con los flujos de capitales. La entrada de capital permite pagar por las importaciones deficitarias, pero, desde luego, los inversores o prestamistas extranjeros no introducen capital en un país para financiar sus importaciones, sino porque esperan obtener beneficios. Sin embargo, en su dimensión global, la entrada de capital permite mantener el valor de la moneda que, de otro modo, se devaluaría como consecuencia del déficit en la balanza comercial.

Estas son las nociones básicas, que a continuación aplicaremos al caso de Turquía.

Desde que salió de su última crisis de balanza de pagos en 2001, Turquía había obtenido lo que a primera vista parecían unos resultados económicos bastante buenos. El crecimiento había sido muy robusto e incluso la deuda del gobierno se había reducido constantemente, de casi un 80% del PIB en 2001 a menos del 30% en los últimos años. Sin embargo, el déficit comercial era masivo; el volumen de importaciones era enorme y muy superior al de exportaciones. En circunstancias normales, esta dinámica provocaría una devaluación de la lira (moneda turca) que encarecería las importaciones y abarataría las exportaciones, lo cual tendería a restablecer el equilibrio de la balanza comercial.

Pero aquí llega el capital a hacer su magia. Durante estos años, el capital extranjero ha estado entrando a raudales en Turquía; de hecho, ha sido el motor que ha impulsado la economía. ¿Y en qué se ha empleado este capital? ¿En inversiones que permitan aumentar la capacidad tecnológica y productiva del país? ¿En crear quizás la economía verde y sostenible del mañana? Pues lo cierto es que una gran parte ha terminado en la construcción, frecuentemente en obras pantagruélicas de muy dudosa sensatez económica (¿os suena de algo, paisanos? En otro artículo explicaremos la crisis española, que tiene algunas similitudes, aunque dentro del euro y la Unión Europea todo se vuelva aún más kafkiano).

Hay que tener en cuenta que, una vez el capital entra, circula por toda la economía, inflando a su paso el precio de los activos (inmobiliarios, bolsa…), de los salarios y engrosando la recaudación del gobierno. Y nadie es consciente de que ese dinero es prestado y, peor aún, prestado de fuera: el fulano de a pie ve que gana más, el fulano con un «capitalito» ve que su patrimonio aumenta de valor, el gobierno recauda más… Este panorama de felicidad nacional plena queda empañado solamente por unos desagradables agoreros, los economistas con dos dedos de frente. Por suerte, son una especie escasísima y su murmullo cascarrabias queda completamente ensordecido por el fragor del consumo conspicuo de sonajeros, electrónicos o no, la febril agitación de banderitas y la idolatría sin límites al auspicioso y munificiente Erdogan.

El capital puede entrar de varias formas. Puede entrar como (1) inversión, en forma de acciones y compra de empresas nacionales. O puede entrar como (2) deuda, bien en forma de préstamos bancarios o de venta de bonos de deuda, ya sean públicos (del gobierno turco) o corporativos (de empresas turcas). Un punto crucial es si la deuda está denominada en moneda extranjera o local. Muchos inversores, como es lógico, se muestran recelosos a la hora de prestar o comprar bonos de deuda en moneda de países emergentes, pues estos países suelen experimentar inflación cada dos por tres, de modo que el prestamista o comprador del bono se puede encontrar con que le han devuelto todas las liras que estipulaba el contrato, pero esas liras valen ahora mucho menos debido a la inflación. Por este motivo, es mucho más fácil obtener financiación si la deuda está denominada en dólares o euros, que tienen un valor estable. En otro artículo se tratará el meollo que rige la estabilidad tanto del dólar como del euro.

En última instancia, todo el capital que entra tiene que volver a salir en algún momento: las deudas tienen que devolverse y las inversiones generan rendimientos que los inversores se llevan a su casa. En caso de que el capital extranjero se haya invertido en aumentar las capacidades tecnológicas y productivas del país, especialmente en sectores exportadores, en principio el endeudamiento será sostenible. «En principio», porque en la práctica los bandazos procíclicos del capital internacional pueden tumbar incluso una economía cabal y pujante, como ocurrió en la crisis asiática de 1997 (de nuevo, veremos esto con mayor detenimiento en otro momento).

Turquía continuó durante unos cuantos años esta dinámica insostenible de déficit comercial y entrada de capital. Pese al optimismo reinante mientras las vacas son gordas, en algún momento toda economía montada sobre un entramado insensato tiene que derrumbarse, y ese momento es el presente. Suele haber un detonante que inicia la crisis, lo típico es un aumento en los tipos de interés globales, que acaban de un plumazo con la época de dinero fácil y dificulta refinanciar la deuda. Otras circunstancias que pueden concurrir, como en el caso de Turquía, son la inestabilidad política y la preocupación internacional por la institucionalidad del país.

Entonces ocurre un parón repentino ( «sudden-stop») en la entrada de capital al país. No solo eso, sino que los inversores salen por patas de Turquía y venden sus activos. Como la entrada de capital era lo que permitía mantener el valor de la lira a pesar del déficit comercial, una reversión en el flujo de capital desploma el valor de la moneda. La devaluación, además, generará inflación: como las importaciones se encarecen de forma muy pronunciada, el precio de todo lo que involucre de un modo u otro material importado también subirá.  Después la economía empieza a desmoronarse: las deudas que las empresas han contraído en dólares se vuelven impagables (ahora valen mucho más al cambio), las quiebras se suceden y los bancos acumulan préstamos que no se van a devolver. Considérense además los círculos viciosos.

Llegado este punto, la situación tiene ya mal arreglo. El gobierno tiene varias herramientas aquí. Antes de nada, el Banco Central (en teoría, el Banco Central es «políticamente independiente», así que, en teoría, no debemos identificar gobierno y autoridad monetaria, en teoría.  https://www.eleconomista.es/mercados-cotizaciones/noticias/9388153/09/18/Erdogan-advierte-al-Banco-Central-turco-de-que-su-paciencia-es-limitada.html) habrá acumulado en la época de bonanza un stock importante de moneda extranjeras. A esto se le llama reservas internacionales. Para frenar el desplome de la lira, el Banco Central vende dólares y compra liras, aumentando así su demanda y su precio al cambio. Pero esto solo sirve para ganar tiempo -que no es poco- mientras no se resuelvan los desequilibrios subyacentes.

 

(Apunte: se suele decir así, “vender dólares”, pero no es que el BC tenga un almacén lleno hasta los topes de billetes; las reservas internacionales se acumulan en forma de activos denominados en dólares (u otra moneda extranjera) muy líquidos (se pueden comprar y vender muy rápido y fácil) y seguros. El activo de reserva por excelencia es el bono de deuda del gobierno americano.)

 

Aparte de ganar tiempo, lo que el gobierno puede hacer es: (A) subir los tipos de interés, (B) llamar al FMI y, oh, dios no lo quiera (desde el punto de vista de los inversores), (C) imponer controles de capital temporales. Son todas opciones bastante desalentadoras.

  1. Subir los tipos de interés contribuye a atraer el capital, que busca obtener el máximo interés. Además, la inflación rampante que acompaña estas crisis erosiona el interés real (si el interés nominal es del 5%, pero «la vida» sube 10%, el interés real obtenido es del -5%). Sin embargo, ninguna merienda sale gratis, y subir los tipos de interés tiene otros efectos desagradables. Por definición, ralentiza la economía, pues se prestará menos y por ende se gastará menos, lo que contribuirá a poner la economía en recesión si es que no lo está ya. Además, dificultará la refinanciación de la deuda a las empresas que ya van con el agua al cuello. Y, al final, el principal factor para que los inversores inviertan en un país, son las perspectivas de crecimiento.  Argentina decidió subir los tipos de interés por las nubes para intentar mantener al capital. Turquía ha decidido no subirlos o apenas, para no frenar más la economía. Y a ambos les va cada vez peor. No es que subir los tipos de interés sea mala idea, pero cuando te ves en esa tesitura ya las cosas están muy mal y es muy complicado revertir la situación.
  2. Al FMI hay que darle de comer aparte (lo dejamos para otra ocasión).
  3. La otra opción es imponer controles de capital temporales. Esto significa que se prohíbe o restringe fuertemente la salida de capital. ¿Cuál será la opinión de los inversores respecto a los controles de capital? No les gusta un pelo, y además atenta contra los principios de libertad individual y libre mercado sobre los que se fundamenta nuestra próspera y liberal civilización, como declararán a través de los vastos conglomerados de prensa y televisión de los que son dueños. Desde luego, es cierto que los inversores se lo pensarán dos veces antes de volver a meter dinero en un país con un historial de imposición de controles de capital; quieren tener la retirada cubierta. Por ello se suele recomendar hablar a los inversores de forma muy suave y reconfortante, darles muchas palmaditas en la espalda e incluso rascarles la barriga si se ponen panza arriba, mientras se les asegura que es solo una cosa temporal y que luego todo volverá a ser como cuando éramos novios.

 

El control de capitales se ha empleado con bastante éxito en numerosas crisis de este tipo, como hicieron Malasia y Corea del Sur en 1998 o Islandia en 2008. Eso no ahorra un ajuste doloroso, pero a diferencia de los ajustes con el sello del FMI, se puede hacer de forma no suicida. Hay que tener claro que los controles de capital no son el fin del mundo. Durante la Edad Dorada del Capitalismo (1948-1973), denominada así por sus excepcionales resultados a nivel global, los controles de capitales eran la norma, no algo temporal, y las crisis de balanza de pagos eran mucho menos frecuentes.

Es más, durante el periodo de desarrollo de muchos países económicamente exitosos, el capital extranjero estaba fuertemente restringido, como el caso de Japón durante su milagro, o China. Se cacarean mucho las bondades de la inversión extranjera en China, pero lo cierto es que en 36 sectores clave está prohibida, en otros 38 severamente restringida y siempre regulada. Recientemente, en 2017, impuso con éxito controles de capital temporales para frenar los flujos de salida. Es cierto que el capital es escaso en los países en desarrollo, por lo que en teoría lo ideal sería que los países ricos invirtieran en los países en desarrollo para potencial su crecimiento, pero, en la práctica, la entrada de capital plantea graves riesgos, por lo que es preciso sopesar ventajas e inconvenientes e implementar regulaciones adecuadas.

Como una vez desatadas, las crisis de balanza de pagos se caracterizan por dinámicas de retroalimentación positivas (círculos viciosos), son muy difíciles de revertir, por lo que lo mejor es evitarlas. Lo que no se  sabe muy bien es cómo pretenden los liberales que las evitemos. Según su punto de vista, no se pueden poner aranceles a la importación, ni ningún otro tipo de restricción, de modo que el gobierno no puede limitar una importación excesiva. No se puede manipular la moneda para abaratar las exportaciones y encarecer las importaciones. No se puede intervenir para promover la exportación. No se pueden poner controles de capital, ni a la entrada durante la borrachera, ni a la salida durante la resaca, ni, aunque sean temporales.

 

Como hemos visto, la balanza de pagos depende de millones de transacciones llevadas a cabo por agentes individuales o corporativos que forzosamente no tienen en mente los efectos despreciables de su transacción sobre la balanza de pagos nacional. El único agente con capacidad de actuar pensando en la balanza de pagos es el Estado. Es cierto que el mercado tiene un mecanismo de ajuste, que ya hemos visto: si aumentan las importaciones por encima de las exportaciones, la moneda se devalúa, encareciendo las primeras y abaratando las segundas, lo que facilita un retorno al equilibrio. Sin embargo, la entrada descontrolada de capital extranjero enmascara el déficit comercial, lo que impide un ajuste paulatino y ordenado. En su lugar, los desequilibrios se profundizan durante años hasta que estalla una crisis grave. Por ello los flujos internacionales de capital deben ser regulados y restringidos si procede. Yo además abogaría por ciertas restricciones a las importaciones más superfluas para garantizar que las divisas (moneda extranjera), que son un recurso escaso, se destinen al abastecimiento de importaciones vitales, como medicinas, alimentos, hidrocarburos o tecnología extranjera avanzada, dependiendo de las necesidades del país. En suma, medidas prohibidas por la OMC y demás organismos del sacrosanto orden mundial preservado por Estados Unidos.

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