La situación de la mujer en el proceso económico

Autor: Ismael Crespo Amine

 

Sumario:

 

  1. Salario.
  2. La mujer como clase.
  3. El modo de producción doméstico: medición del valor económico y social del trabajo doméstico y el valor de la reproducción social.

 

1.Salario

Hace tiempo surgió una polémica en torno a la campaña electoral del P.S.O.E. En varios lugares Pedro Sánchez dijo que la brecha salarial  era del 24%, 25% o del 30% (Pedro Sánchez daba cifras diferentes dependiendo del mitin electoral dado que él es un showman o un cyborg en versión de pruebas) Según el I.N.E[1]. hay que precisar un poco más las cosas. Hay que afinar, para empezar, cuatro conceptos: salario medio, salario mediano, salario modal y salario por hora.

  • El salario medio se refiere al salario bruto medio anual de los trabajadores por cuenta ajena que prestan sus servicios en centros de cotización y que hayan estado de alta en la Seguridad Social durante más de dos meses durante el año. Incluye el total de percepciones salariales en dinero efectivo y remuneraciones en especie. Se computan los devengos brutos, es decir, retribuciones antes de las deducciones de las aportaciones a la Seguridad Social por cuenta del trabajador o las retenciones a cuenta del Impuesto sobre la renta de las Personas Físicas (IRPF).
  • El salario mediano es el que divide al número de trabajadores en dos partes iguales, los que tienen un salario superior y los que tienen un salario inferior.
  •   El salario modal es el salario más frecuente.
  •   El salario por hora se estima como el salario anual dividido entre las horas pactadas en el año de referencia

Es fundamental entender estos conceptos  para que la ciencia nos sea útil y no se introduzcan sesgos o mistificaciones económicas.

¿Por qué el salario medio no es fiable y no refleja la situación económica de un país?  A modo de ejemplo, si imaginamos un país ficticio en el que un individuo A tiene un salario de 10.000€, un individuo B de 20.000€, un individuo C de 30.000€, uno D de 50.000€, y uno F de 1.000.000€, el salario medio del país sería de 222.000€. Aunque el salario medio sirva para tener una idea global del nivel estatal, no es útil para conocer la media, pues la mayoría ni de lejos se acerca a los 222.000€.

El lector atento habrá advertido que hay otra manera un poco más sutil de mistificar el salario medio, fijémonos de nuevo en la definición del salario medio «Se computan los devengos brutos, es decir, retribuciones antes de las deducciones de las aportaciones a la Seguridad Social por cuenta del trabajador o las retenciones a cuenta del Impuesto sobre la renta de las Personas Físicas (IRPF)» Es decir, se proporciona el salario bruto antes de IRPF y retenciones «por parte del trabajador» (Seguridad Social), pero no se incluyen las retenciones «por parte de la empresa». En suma, el coste total del trabajador no se ve reflejado en las nóminas, porque además del salario y cotizaciones obligatorias, hay que sumar[2]:

  • Las Cotizaciones voluntarias a seguros y sistemas de previsión, de acuerdo con los convenios colectivos. Incluye los planes y fondos de pensiones, los seguros de enfermedad, maternidad, accidente, otros planes de seguros y otras aportaciones.
  • Las Prestaciones sociales directas, que son del empleador directamente al trabajador o a su familia en determinadas circunstancias como desempleo, jubilación, muerte y supervivencia, invalidez o minusvalía, asistencia familiar y asistencia médica.
  • Indemnizaciones por despido o fin del contrato, formación profesional, transporte, dietas, comedores, guarderías, actividades deportivas y culturales, selección de personas.
  • Subvenciones o ventajas fiscales, cotizaciones a la SS, subvenciones y deducciones fiscales.

Estamos ahora mismo, pues, en una doble mistificación, pues a la mistificación estadística según la cual el salario medio sustituye el salario modal o mediano, se le suma la enorme diferencia entre labour cost y wages (salarios brutos). Esta diferencia, en países como España son abismales, se pueden consultar en la propia I.N.E, pero en una sección independiente http://www.ine.es/jaxiT3/Tabla.htm?t=6032&L=0

Tómese la molestia el lector de familiarizarse con estas cuestiones y «bucear» por la tabla adjuntada en el I.N.E. para contrastar la diferencia real entre salario y labour cost. Si hacemos el cálculo intersectorialmente, en la construcción es fácil que en España se llegue al 40% de diferencia.

Esta división entre costes laborales y salario bruto es clave, pues lo que no paga la empresa o el Estado, lo ha de aportar de alguna manera el propio trabajador. De facto, lo normal sería que los empresarios ofrecieran al empleado, como mínimo, el precio de su subsistencia según la situación de su economía nacional, mas lo que se observa es precisamente lo contrario en muchos trabajos. Este asunto deberá ser tratado con más detenimiento en otros artículos y desde diferentes perspectivas económicas antagónicas. Un economista de corte liberal afirmará la existencia de un exceso de oferta para el desempeño de un trabajo específico, asegurando -no sin cierto optimismo o bien mediante Ceteris Paribus-  que las cosas irán a mejor. ¿Cómo? Parte de la creencia de que si un trabajo vale y tiene demanda superior a la oferta, al trabajador le van a remunerar bien. Si el trabajo lo puede hacer cualquiera, pues valdrá poco. Algunos liberales llegan a decir, cito un comentario especialmente hilarante: «Pero aquí viene la magia : cuando los salarios se hunden al mínimo; significa que la oferta de ese empleo ya ha absorbido toda la demanda del mismo; y qué pasa? Que al no haber demandantes de ese empleo, LOS SALARIOS SE DISPARAN». Esto es hilarante porque presupone algo así como un pleno empleo por el cual un sector laboral de bajo valor añadido puede ser saturado, pero no tiene en cuenta la función orgánica de aquello que Marx llamaba el «Ejército Industrial de Reserva».

La gran masa de parados, que deambulan entre las oficinas del paro, las casas de los padres o los vagones del metro, no sólo cumplen la función psicológica de hacer sentir bien a los trabajadores aún cuando sus trabajos son horribles («no te quejes que por lo menos tienes trabajo, así que haz las cosas mejor que sino te echo a la calle y  meto a otro»); son el fundamento mismo del hecho de que los salarios de la mayoría de trabajos descualificados oscilan hacia un mero nivel de subsistencia. Precisamente estos blue collar workers son los más numerosos dada la tendencia hacia la mayor automatización de puestos medios y altos -siendo el incentivo para automatizar estos puestos el simple hecho de que los trabajadores son también los más caros y los que más merece la pena sustituir por I.A. tecnología Learning Machine, Burocracia automatizada, etc.-. Seguramente aquí el liberal asumirá que si bien es imposible que los salarios de los trabajos más pobres (al tener siempre demanda) se disparen, por lo menos la culpa es de los parados o los trabajadores, que han escogido mal su puesto en el Cosmos y que pudieran haberse dedicado a oficios con poca oferta y mucha demanda. Cediendo la responsabilidad hacia el individuo. (Seguramente algo de eso haya, pero el análisis entonces se confunde con una regañina hacia el hijo que ha estudiado la carrera que no debía y ahora trabaja en el McDonalds)

¿Qué sucede, desde el punto de vista de El Capital cuando a un trabajador se le está pagando por debajo de los costes de su actividad profesional? No es que el empresario esté extrayendo un plusvalor absoluto, o haya explotación directa, sino que el beneficio aumenta abaratando el precio del trabajador, esto es, se da una forma de plusvalor relativo. Esta distinción es fundamental, en caso de conocerla,  se encuentra enMARX. Karl. El Capital. Crítica de la Economía Política. Tomo I: El proceso de producción. Sección III, IV y V. Madrid: Siglo XXI. 2016.  

Esta distinción es fundamental para comprender la situación de la mujer en el mercado laboral. Esto es fundamental para comprender la explotación a la mujer. Para el análisis del «capital en general» que hacía Karl Marx se proponía lo siguiente: «la transformación del dinero en capital ha de investigarse a base de leyes inmanentes al cambio de mercancías, tomando (…) como punto de partida, el cambio de equivalentes», Y AQUÍ VIENE LO IMPORTANTE:

(…) ello no se presenta de la misma manera en niveles de mayor concreción, ahí en donde el valor individual se expresa como valor social, los valores se convierten en precios de producción, o donde la propia ley del valor reclama de transgresiones. Por ello páginas más adelante Marx señala que «hacer descender el salario del obrero por debajo del valor de su fuerza de trabajo» es un «método que desempeña un papel muy importante en el movimiento real de los salarios», añadiendo que «por el momento» ese proceso «queda excluido de (sus) consideraciones». Este es el corazón mismo de una de las caras de la Economía Feminista, ¿por qué Marx no lo desarrolló? Ese «por el momento» que señala Marx, donde los salarios quedan por debajo de su valor, no es tratado en la sección dedicada al salario[1], en el primer tomo, ni en los dos libros restantes. Quizás era uno de los temas del libro sobre el salario que Marx se propuso inicialmente, más otra razón, quizá la auténtica, es que el Capital pretende mostrar el funcionamiento ideal del Capitalismo (donde hipotéticamente las cosas valen lo que valen y nadie se toma el pelo). Pero guardemos esta afirmación como fundamenta: La estrategia más simple de extracción de plusvalor es hacer descenden el valor del capital variable por debajo de su precio.

Ahora que hemos hecho algunas precauciones, y mientras estas obliguen a no tomarse al pie de la letra lo que las estadísticas digan, sino que inciten a un ejercicio de interpretación cautelosa, podemos seguir escuchando lo que los datos dicen.  Pongamos también en duda el concepto «brecha salarial», usado por el ínclito Pedro Sánchez: el señor Nesspreso refiere a esas medias, sin contar con ese 30-40% de plusvalor subterráneo que no recoge ni el I.N.E. ni el Eurostat. ¿Qué nos dicen estas medias? En 2014, el salario medio de un hombre era de 2125€ y el salario medio de una mujer de 1618€. 500€ de diferencia, pero he aquí el matiz importante, Pedro Sanchez, que es un mentiroso o un necio, dice que la diferencia se produce por hacer el mismo trabajo. Y he aquí el primer error.

A partir de ahora, el término «brecha salarial» referirá a la diferencia salarial intrasectorial y la «brecha laboral» a la diferencia cualtitativa de empleos. Desde el concepto de «brecha laboral» se pretende demostrar que la diferencia salarial se produce en relación al tipo de contratos, horas trabajadas y remuneración: las mujeres tendrían más contratos a tiempo parcial, menos horas y puestos menos remunedos, por una serie de causas en las cuales entraremos más tarde.

Según el I.N.E:

En el año 2014, el salario anual más frecuente en las mujeres (14.497,9 euros) representó el 87,8% del salario más frecuente en los hombres (16.515,7 euros). En el salario mediano este porcentaje fue del 77,9% y en el salario medio bruto del 76,7%.

Si se consideran los salarios anuales con jornada a tiempo completo, el salario de la mujer representaba en el año 2014 el 88,4% del salario del hombre. En la jornada a tiempo parcial, el porcentaje era del 96,6%.

Para poner de manifiesto las diferencias salariales de género, es necesario considerar el salario por hora y distinguir el tipo de jornada. En el trabajo a tiempo completo, el salario por hora de las mujeres (14,6 euros) en el año 2014 alcanzaba el 89,6% del salario por hora de los hombres (16,2 euros). Al considerar la jornada a tiempo parcial, el porcentaje anterior alcanza un valor del 90,7%.

Luego, sin contar la variable de la edad, es evidente que hay un 4% de brecha salarial en los trabajos más precarios, los que constituirían los «mileuristas», o el salario modal. La jornada completa y no parcial tiene una disparidad de un 13% respecto a mujeres y hombres. Si vamos por sectores, en la restauración y el comercio, las mujeres perciben un 3% menos; en trabajadores de oficina, la mujer percibe un 1% más de salario que el hombre, si vamos a la parte alta de una empresa, vemos que la disparidad se dispara a un 23%. Luego la conclusión necesaria es que la brecha salarial intrasectorial se produce con especial énfasis en los puestos directivos. Entonces, ¿qué explica realmente la diferencia salarial remitida a la diferencia laboral? A que la mujer tiene una carrera más accidentada por lo general en parte por la maternidad, tiene trabajos más precarios, y una formación con menos posibilidades que los hombres. Por ejemplo, veamos estos datos:

Vemos que mientras que las mujeres ocupan un porcentaje alto de carreras con alto desempleo y pocas salidas profesionales, llegando a representar un 76% de magisterio (en un país, como es España, con poca demanda de estos puestos debida también a la baja natalidad) o un 64% en Bellas Artes; solo representan el 24% de las profesiones del proletariado cualificado: ingenierías, TICS, mecatrónica, etc. A su vez, este «hecho» ha de buscarse en una multiplicidad de causas: los hombres tienen más ambición que las mujeres por la educación recibida y por los roles familiares tradicionales, las profesiones de las mujeres tienen que ver con los cuidados por el papel de cuidadora asignado a la mujer, e incluso se pudiera barajar la idea de la oxitocina y disposiciones «naturales» (aunque muchos feministas antinaturalistas desecharían esto sin contemplaciones, y no sin falta de razón), así como el papel de las películas de Disney o por la industria del juguete (estos motivos exceden las pretensiones de este artículo). No obstante, la teoría no ha de conformarse en imaginar rizomas que se pierden en las pequeñas desavenencias de la vida cotidiana, y su único descanso solo puede darse en la verdad, así que formulemos la siguiente pregunta: ¿Cuáles son las causas de esta brecha laboral?

«Las mujeres interrumpen mucho más su carrera laboral por bajas de maternidad y excedencias para el cuidado de hijos y progenitores. En España, la baja por maternidad es de 16 semanas (¡), mientras que el permiso de paternidad es de 15 días (está previsto que se suba a un mes). Además, las mujeres son quienes solicitan el 90% de las excedencias por cuidados de familiares. Esta situación provoca que el sexo femenino tenga carreras profesionales con más interrupciones (¡) y atraviese fases en que ve reducido su nivel de ingresos. Este factor es indisoluble con la brecha laboral. Diversos estudios demuestran que, tras la reincorporación por bajas de maternidad, las mujeres sufren un parón en su proyección profesional. De acuerdo con el informe de UBS Taking Action, la cuestión de la brecha salarial junto con la mayor dedicación a los cuidados de los hijos hace que, a los 85 años, una mujer haya podido acumular un 43% menos de riqueza que un hombre, partiendo de los mismos niveles de educación (¡). Además, aquellas mujeres que pierden su puesto de trabajo tienen mucho más difícil reincorporarse a la vida laboral. De acuerdo con un informe elaborado por el centro de estudios de economía aplicada (F.E.D.E.A.) la diferencia entre la inserción laboral de los hombres y las mujeres es de más de 20 puntos. Frente a esto, las mujeres sin hijos tienen la misma participación laboral que los hombres (¡). Las mujeres no solamente suelen cobrar menos que los hombres (en trabajos a jornada completa) y tienen vidas laborales con más interrupciones. También tienen más trabajos a tiempo parcial y solicitan más reducciones de jornada. De acuerdo con un estudio de la Universidad Autónoma de Madrid, el 20% de las madres trabajadoras ha pedido alguna reducción de jornada para el cuidado de familiares. En los padres, solo el 2%. Por otra parte, las mujeres también sufren con mayor intensidad el problema de la precariedad laboral. Así que, les cuesta más encontrar un empleo y es más probable que accedan al mercado laboral a través de un contrato a tiempo parcial. En 2017, el 63% de los contratos indefinidos que se firmaron en España emplearon a varones. El mencionado estudio de UBS calcula que estos tres factores (brecha de género, mayor dedicación al cuidado de hijos y mayor precariedad) acaban provocando que a lo largo de la vida laboral los hombres puedan ahorrar el doble de lo que consiguen ahorrar las mujeres»[1]

Se refuerza, en este análisis, la tesis anterior por la cual los hombres tienen más ambición que las mujeres, y esto tiene consecuencias enormes cuando se trata de una sociedad capitalista cuyo capital ficticio representa actualmente el 97% del capital total.

«Un último factor destacado por UBS en las diferencias de género a la ahora de ahorrar se refiere al tipo de productos financieros que contratan las mujeres. La mayor aversión al riesgo provoca que inviertan menos que los hombres en Bolsa y recurran más a depósitos y cuentas con una baja remuneración. El perfil inversor de los hombres hace que tengan más fácil conseguir que sus ahorros renten por encima del 3%, mientras que en las mujeres apenas se llega al 1%. Esta diferencia se nota con toda su crudeza durante la jubilación, cuando ellas tienen que afrontar más años de retiro, con menos recursos».[2]

Podemos ver ahora una gráfica[3] mostrando la caída de la ganancia por parte de la mujer debido a la crianza de los hijos en comparación con el hombre:

Como corolario a esto, hay que incidir que aun existiendo «ideales igualitarios» estos tienden a disiparse tras el nacimiento del primer infante en la pareja. Como muestra un estudio realizado a 68 parejas españolas en un estudio universitario, la nota de prensa es clara:

El trabajo se ha realizado con una metodología cualitativa longitudinal y se basa en una muestra de 68 parejas entrevistadas en dos momentos diferentes de su vida. La primera entrevista se realizó durante el embarazo, en el año 2011, y la segunda entrevista se realizó cuando el bebé tenía entre 18 y 24 meses de vida, en el año 2013-14. En este trabajo han participado investigadores de la Universitat de Girona, de la Pública de Navarra, de la Pablo Olavide de Sevilla, de la Universitat Pompeu Fabra, la UNED, el CSIC y el Observatorio Sociológico del Cambio de París. Los resultados de la misma, publicados en la Revista de Investigaciones Sociológica Reis de este mismo mes, muestra que los ideales igualitarios de la gran mayoría de las 68 parejas entrevistadas en el 2011 y que mostraban su deseo de seguir ambas trabajando cuando naciera su pequeño y de compartir los cuidados de una manera equitativa, se readaptan cuando este llega al mundo y comienzan a presentarse las primeras dificultades: «Las mujeres siguen siendo quienes manifiestan una mayor predisposición a adaptar su vida laboral a las necesidades del menor», señala este trabajo. De esta manera se comprueba que es el nacimiento del primer hijo el que modifica las actitudes y los comportamientos de las parejas, y no en el momento de iniciar la convivencia (un avance en las relaciones de pareja respecto a épocas pasadas). De hecho, una parte de esta investigación se centra en 31 parejas que mostraron un reparto igualitario del trabajo doméstico, entendiendo como tal que ellas (o ellos) hacían como máximo el 60% del total de tareas domésticas antes del nacimiento del bebé y la otra parte, como poco, el 40%. Antes de nacer el pequeño, ambos manifestaron su deseo de compartir la crianza del pequeño en términos de igualdad. Pasado el tiempo, la realidad es bien distinta. Aunque hay padres que sí mantuvieron ese perfil de cuidador a partes iguales (fundamentalmente los que tenían parejas con un nivel formativo elevado y también ingresos destacados), el resto había dejado por el camino parte de sus deseos. Casi la mitad de las parejas transitaron hacia un modelo de desigualdad. Aunque ello no les provocó insatisfacción, justificando que recayeran los cuidados en la madre, en el trabajo y las presiones existentes, mientras que ellas sí muestran desazón por la menor participación de los padres en la crianza del retoño. En el trabajo «Ideales igualitarios y planes tradicionales: análisis de parejas primerizas en España», publicado en Reis, se exponen cómo, de las 68 parejas, pocos son los que comparten la parte transferibles del permiso maternal. La mayoría se coge los 15 días, mientras que hay 14 que ni siquiera disfrutan de esos días porque temen por su trabajo si lo hacen (cuantos están en empleos más precarios) y otros que consideran que no está bien visto en la empresa. Si hay que reducirse el horario, es normalmente la mujer quien lo hace alegando que tiene menos ingresos o expectativas laborales inferiores. Los investigadores observan, tal y como señalan en el estudio, que «los hombres tienden en mayor medida a evitar el uso de permisos como la excedencia o la reducción de la jornada, aludiendo a la necesidad de mostrar compromiso con el empleo. Asimismo, es frecuente que justifiquen su actitud haciendo referencia al hecho de ser difícilmente sustituibles en su puesto de trabajo, un argumento poco citado por las mujeres». También aluden a la posible penalización laboral, obviando que las madres también se enfrentan a ese problema.[1]

2. La mujer como clase.

 

Es necesario iniciar una reflexión en torno al lenguaje y el mito popular de la brecha salarial[1], más ahora, pues hemos visto que en los sectores obreros y humildes dicha brecha salarial no es tal, e incluso muchas veces la balanza se inclina del lado de las mujeres. ¿Por qué llamar «brecha salarial» a lo que es exclusivamente «brecha laboral»? Cabría la posibilidad (y esto lo han defendido típicamente los marxistas más negados) de que existiera un feminismo de élites cuya finalidad social y última es defender los intereses de las mujeres que forman parte de la oligarquía creando para ello una ideología en su entorno. Soy escéptico con dicha tesis, pues no se está afirmando que se comercialice con «el feminismo» derivando en un commodity feminism: camisetas del Zara con la cara estampada de Simone de Beauvoir o cualquier otro delirio mercantilista (esto sería lo normal, porque es una tendencia inherente del régimen capitalista). Se está afirmando algo, por contra, surrealista, a saber: que un grupo social más o menos organizado ha construido un dispositivo ideológico entero para defender sus intereses de «clase». Habría que ver si son las mismas mujeres las que «dominan» los medios de comunicación y las que intentan romper el techo de cristal, o cual es la Historia de la difusión de este feminismo de élite. En todo caso es una posición defendida por personas inteligentes y sacan del ocultamiento el actual debate de las clases, donde hay que definir las posiciones ideológicas y hacerlas claras. En este caso, no es la tarea de la Filosofía juzgar o buscar positivamente la mejor opción, sino delimitar el ámbito de confrontación dentro del espacio dialéctico de la lucha entre las ideas.

Tenemos, desde luego, una opción «marxista» según la cual se puede sospechar de la Filosofía de la Historia según la cual la historia de la humanidad es la historia de la opresión del hombre por la mujer, pues vemos que hay otros fenómenos explicativos que permiten más carga empírica, luego son mejores, a saber: la noción tradicional de clase económica. Esto, sin embargo, pudiera quedar bien si la disparidad laboral fuera algo que solo estuviera presente en cierto sector privado, dominado por empresas maliciosas y por ende por una serie de mujeres oligarcas sin escrúpulos. La realidad, como siempre, se muestra irreductiblemente más compleja: según el I.N.E de 2014, las mujeres en el IBEX 35 son el 13,3%; pero también es cierto que son ministras sólo el 17%[2]. Esto es, la disparidad afecta también al sector público, lo cual, aunque constituya una oligarquía, no es, ni mucho menos, del mismo tipo. Un ministro no es dueño de medios de producción, cuál es el criterio válido de clase económica para el marxista ortodoxo (aunque en realidad no quede claro porque Marx se murió antes de redactar el capítulo sobre las clases[3]). Según la Sección de Estadística del CGP las mujeres solo representan un 14% de los magistrados del Tribunal Supremo, y según el Global Report los altos cargos de la comunicación cuentan con un 73% de hombres. Los datos se pueden ir desarrollando hasta casi cualquier sector de la sociedad que implique altos directivos y grandes cargos (en la universidad, el número de rectoras no supera el 7%)

Lo que hace el «marxista» es una operación válida de sospecha, pero que pudiera sucumbir en conspiranoia . Dice Tasia Aránguez: «La lucha por la igualdad va más allá del número de representantes en las esferas de poder, pero no cabe duda de que estos números son importantes. Expresan claramente que las mujeres constituyen una clase social y que los hombres como clase poseen el poder». Esto es, si bien la lucha por la igualdad debe implicar a todas las clases sociales, no por escoger ser del bando «prolet» debemos dejar de lado las altas esferas de la sociedad.

Sin embargo, tanto los marxistas como las feministas como Tasia Aránguez parecen excederse en su lenguaje; pues me parece que a partir de los datos de «las clases altas» no se puede dar el salto lógico según el cual las mujeres constituyen una clase social unilateralmente explotadas por el hombre: pues  un proletario hombre no explota laboral ni salarialmente a una mujer proletaria en términos de contratación (cabrá sospechar de en qué puntos, no tan mediados por la economía mercantil, si se da esta explotación y de qué naturaleza es). Dejemos en suspenso, en este momento, el que haya otras formas de explotación para circunscribirse exclusivamente a la explotación laboral. Lo importante es darse cuenta de la evidente falacia que comete Tasia Aránguez, pues habría que decir:

«Los hombres no son una clase social que ostenta el poder, sino que los que ostentan el poder que forman por ende una clase social- son en su mayoría hombres.»

Tasia Aránguez, colega de la Universidad de Granada, contesta con un mail esta objeción, para que yo pueda salir de mi asombro, su contestación, fue la siguiente:

Isma, estás conduciendo esto a un debate analítico sobre el significado de «clase social», si consideramos que formar parte de una clase social significa sin más tener el poder político (y la posición que este implica en el sistema de producción económica) entonces cualquier variable distinta a la economía se ve solo como una contradicción secundaria dentro del sistema de clases económicas (las mujeres serían dos castas que quedan integradas dentro de las clases privilegiada u oprimida, aunque en un grupo sea minoritario y en otros mayoritario). Puse clase social para que se entendiera, pero lo que realmente debería haber puesto para ser precisa es «clase sexual» que es el término que alude al dualismo existente entre los sexos en el sistema patriarcal y que hace de hombres y mujeres dos grupos sociales («clases sociales») que ocupan distintas posiciones de dominio tanto del poder político como del económico y del simbólico. Desde el punto de vista de la clase sexual, el antagonismo entre mujeres y hombres es la contradicción principal de la sociedad, y esto se refleja no solo en estas cifras sino en multitud de variables que no pueden ser explicadas desde el factor clase: cosificación sexual, rol en la pareja, socialización sexista que condiciona preferencias y expectativas, papel de las mujeres en los conflictos armados, posición de los hombres en la criminalidad mundial (diferente a la de las mujeres incluso en el lumpen), diferente reconocimiento social de las aportaciones de ambos sexos (incluso cuando hay una remuneración equivalente y misma clase social), etc. Desde el punto de vista feminista la clase sexual sería la contradicción principal y el resto de antagonismos (clase social, raza, discapacidad, etc) serían intersecciones de esa línea (esta teoría es el gender mainstreaming, la transversalidad).

Estamos en un punto crucial de nuestra investigación, y es ahora cuando debemos extremar la precaución y exhortar a la meditación para no caer en falsos prejuicios.

¿Cuáles son las posturas «puras» que más o menos podemos definir integrando variables dentro de los ejes preestablecidos? Para no complicar el análisis de manera precipitada, el que escribe se abstiene de incluir otras variables complementarias.

 

 

Para ilustrar las diferentes posturas, nada mejor que acudir a sus adalides. Como defensora de la «transversalización de género» nos encontramos las tesis antes expuestas por Tasia Aránguez según las cuales el antagonismo principal es el de sexos. En esta coordenada se encontraría también Kate Millett, Andrea Dworkin, Catherine Mackinnon y Shulamith Firestone. Como defensor de lo que hemos llamado «marxismo puro» utilizaremos el Blog del profesor Enrique P. Mesa, el cual ofrece los argumentos de su postura con total precisión y claridad. La versión del feminismo socialista paradigmática en España parece ser la de Lidia Falcón en su tetralogía La Razón Feminista, entre estos ejes encontramos también a Alexandra Kollontai, Rosa Luxemburgo, Silvia Federicci, el ecofeminismo y feministas de diversas izquierdas como Federica Montseny.

Finalmente, de los individualistas metodológicos no cabe decir nada: primero tendrían que superar el estadio teológico: la creencia en el libre albedrío del alma. Este feminismo se enmarca en el individualismo metodológico, encontramos aquí a la ínclita Ayn Rand, que, aunque quiera que la mujer sea igual al hombre, hace recaer en ella su inferioridad y alerta del victimismo del feminismo para alcanzar el poder estatal y las subvenciones de las arcas públicas. Recordemos, un individualista metodológico no es simplemente un «egotista», sino alguien que, a nivel sociológico, se hurta de utilizar el concepto de clase o estructura, porque para él, o ella, solo existen individuos e incluso para muchos la unidad irreductible de la persona ha de estar basada necesariamente en el alma humana. Encontramos en esta coordenada a las feministas que acaban defendiendo que la prostitución es emancipadora, que los vientres de alquiler son libertad del propio cuerpo y que ellas eligen llevar tacones de doce centímetros, pasar frío y operarse las tetas. Su última ratio es que todo eso es feminista porque expresa libertad, aunque otros feminismos consideren que estas individualistas no consideren la dimensión colectiva de sus acciones. Una posición crítica al liberalismo desde el propio liberalismo, se puede encontrar en Naemi Carró, hay algún debate interesante en YouTube disponible.

Las posiciones que no se muevan en estas coordenadas caerán en contradicción irremisiblemente. Incluimos un corolario ante posibles réplicas, a saber: los conflictos que se pudieran dar según otros criterios, como el de raza. Este tipo de conflictos debieran estudiarse en otro cuadro dialéctico, en un plano que contemplara las posiciones en torno al racismo, como hemos hecho aquí; la realidad humana se mueve en múltiples niveles y los diferentes planos se tocan o se complementaran sintéticamente, pero es la tarea de la Crítica cortar la realidad en finas lonchas, pues la realidad se encuentra ya cortada y es tarea del análisis descubrir esos cortes, en vez de presentar un maremágnum confuso de problemas bajo etiquetas poco rigurosas.

 

 

  • Argumentos del «marxismo puro».

 

En este subapartado vamos a desbrozar los argumentos que da el «marxismo puro», para ello, recurrimos, como se dijo más arriba, al blog de Enrique P. Mesa[1]. Un primer momento de la argumentación está en la caracterización de aquello que se pretende refutar, a saber, la Teoría del Patriarcado como una Filosofía de la Historia[2]:

«Entendemos por Teoría del Patriarcado la explicación que defiende que en la Historia siempre ha existido un gobierno de los hombres sobre las mujeres, de forma interclasista, y que dicha situación es la explicación última del desarrollo histórico. Es decir, la división fundamental de la sociedad sería que los hombres conformarían un grupo social dominante por su sexo frente a las mujeres dominadas. Este hecho, además, sería la causa última del proceso histórico y explicaría lo ocurrido en la Historia como una permanente lucha no de clases, como diría el clásico, sino de género masculino-femenino». (…) «Por lo tanto, en la Teoría del Patriarcado se pretende explicar el acontecer de los hechos históricos de acuerdo con una causa última determinada donde las mujeres son permanentemente víctimas por el hecho biológico de ser mujeres y los hombres son permanentemente verdugos porque tienen pene»

Vemos que para Mesa no tiene sentido hablar de dos clases en base a una dicotomía sexual, sino que las mujeres, al igual que los hombres, están divididas en dos clases: los que «controlan los medios de producción» y los que carecen de dichos medios: «Las aristócratas estaban por encima de los esclavos o de los plebeyos y las burguesas por encima de los obreros. No se entiende ahí bien el Patriarcado, pues, de ser realmente la causa última este gobierno interclasista de los hombres sobre las mujeres, los hombres, por el hecho de serlo y todos los hombres, estarían por encima socialmente de las mujeres». Las mujeres pueden estar, como clase, por encima del hombre, luego no es posible, según Mesa, afirmar una Teoría del Patriarcado que diga que el hombre, por el hecho de ser hombre, esté por encima de la mujer. La última palabra para afirmar este argumento es su definición de la Teoría del Patriarcado y el hecho empírico de que hay mujeres que no están por debajo de los hombres, y que justamente lo hacen en función de su máscara económica.

Ahora bien, aun así, es evidente que las mujeres, dentro de las tres grandes clases sociales, burguesía, terratenientes y proletariado, están peores que sus homólogos hombres. Y aquí es donde está el hic rhodus, hic salta de Mesa, en efecto, si hemos rechazado la Teoría del Patriarcado, ¿cómo explicar la diferencia cuantitativa dentro de los grupos homogéneos cualitativamente? Pues mediante el modo de producción. En un principio, se explica que fue la división biológica la que generó la disparidad originaria, y que esta disparidad originaria se disipó cuando se introdujo la maquinaria y la Gran Industria. Tal es, también, el argumento de Marx en el capítulo XIII de Das Kapital, pues ahí nos dice el filósofo  que fue justamente la implementación de la maquinaria lo que permitió el trabajo a la mujer y al niño, incluyéndolos dentro de la explotación capitalista y modificando gravemente los salarios durante 1830-40 a la baja, haciendo que se pasara del sueldo unifamiliar que daba para una familia a muchos sueldos individuales. El siguiente paso lógica de Mesa es comprender que el Capitalismo ha sido la condición material de la emancipación de la mujer, y no ningún tipo de lucha heroica y mítica emprendida por una serie de intelectuales feministas sin capacidad de persuadir a las masas.

Para Mesa, el Capitalismo es el Fin del Patriarcado; las mujeres están más emancipadas que nunca, y la tendencia es que este desarrollo del Capitalismo sea paralelo a la emancipación de la mujer, ya dado en potencia. El problema que veo es que Mesa no está diferenciando entre Feminismo liberal y Feminismo-marxista, pues la emancipación según el punto de vista liberal se situaría en asumir la neutralidad que tienen todos los entes que aparecen en el capitalismo de forma indiferencia, e incluir a la mujer dentro de esa neutralidad; así, cuando una prostituta liberal defiende prostituirse, se defenderá diciendo que lo que ella hace es tal neutral como lo que hace un albañil, que el corte fenomenológico para considerar que hace algo diferente se sostiene en una consideración dogmática basada en una ideología. Sin embargo, el Feminismo-marxista aludirá, justamente, a que el feminismo ha ido creando emancipación a pesar del Capitalismo, y no gracias a él. De la misma manera que un marxista pudiera decir que no es necesario que la lucha de clases se dé necesariamente en el capitalismo, aunque haya sido una parte importante del capitalismo histórico a lo largo del siglo XX. Esto es, el feminismo-marxista, a pesar de compartir con el «marxismo puro» el análisis de que el capitalismo es un sistema ineficiente e irracional que produce desigualdades, cuyo fundamento es la propia revalorización del valor y su fuente el plusvalor extraído a los trabajadores; difiere en tanto que considera que el Capitalismo no diluye las diferencias sexuales, sino que es o bien neutral, o bien las aumenta, a pesar de los argumentos que pudiera dar Mesa para defender que el capitalismo es la condición de posibilidad y el origen de la emancipación material y real de la mujer, que son estos:

  • En primer lugar, el desarrollo del Capitalismo implica la Revolución Industrial y con ella la aplicación de la tecnología al proceso productivo. Esto conlleva que la fuerza física bruta de los seres humanos no resulte indispensable para la inmensa mayoría de los trabajos puesto que es sustituida por la tecnología. Por este motivo, la mujer se puede incorporar de una forma masiva a la producción económica pues la fuerza física ya no es requerida para el trabajo. Y esto conlleva que al situarse en un plano de igualdad en la explotación económica como fuerza productiva la mujer tienda a escalar socialmente hacia el puesto de los mismos hombres explotados: igualdad en la explotación es igualdad social.

 

  • En segundo lugar, el Capitalismo ya no solo crea una producción de nuevos objetos físicos, sino que, a través del consumo, genera la conversión de la propia vida humana, tanto en el tiempo de trabajo como en el ocio, en producción de beneficio. Para desarrollar esta producción ya no es necesaria la fuerza bruta sino sólo la capacidad de adquisición económica. Y para poseer esta, a su vez, es indiferente pertenecer a un sexo o a otro pues se trata de una abstracción social que no guarda relación con la forma biológica concreta. Así, la producción de beneficio ya no está necesariamente relacionada con el sexo biológico y la fuerza bruta.

 

  • Por último, y, en tercer lugar, la unificación entre el desarrollo tecnológico y la creación de un mercado absoluto, en todos los momentos de la vida, lleva a dos aspectos fundamentales de la liberación de la mujer que, aunque parezcan muy simples, deben ser reseñados. Por un lado, la aparición de los electrodomésticos, que permite a la mujer dejar a un lado lo que hasta ahora había sido su tarea prioritaria en la división social del trabajo. A su vez, la creación de la educación obligatoria les permite liberarse parcialmente de la crianza de los niños facilitando su presencia en el mercado de trabajo. Por último, la revolución sexual con los métodos anticonceptivos le permite manejar su propia reproducción, con lo que es capaz de planificar su vida de acuerdo con las condiciones sociales de producción. Todo ello, lleva a que el sexo femenino adquiera un nuevo protagonismo social a la altura masculina en la producción económica y que solo la cultura de contenido machista, todavía presente como residuo del pasado, le impida alcanzarlo en su vida diaria y concreta.

Por último, añade:

«De esta manera, y no paradójicamente, en el Capitalismo está el triunfo definitivo de la liberación de la mujer, pues en él ya es absolutamente despreciable la pertenencia a un sexo o a otro en la relevancia productiva y de poder. Esto lleva a la paradoja de que el feminismo debería defender el Capitalismo, pues sin lugar a duda ha sido el elemento histórico fundamental en el desarrollo de la igualdad. Así, el Capitalismo libera a la mujer en cuanto a su discriminación sexual, aunque no como ser humano en su explotación absoluta».

Como se dijo más arriba, Mesa hace una apuesta demasiado segura al potencial emancipador del Capitalismo, dejando de lado la gobernanza política y simbólica y confundiendo los tipos cualitativamente distintos de feminismos. Además, sobreestima la revolución biomédica, pues como se ha demostrado antes, de facto, el trabajo reproductivo es fundamental para comprender la explotación de la mujer en el ámbito del plusvalor relativo, y aun no siendo «trabajo»[3], es un proceso que se hace gratis y que es fundamental en la creación de mano de obra al Capital. A esta explotación hay que sumarle la diferencia existente entre la renta percibida de un hombre y de una mujer al final de su vida, que en España se estimó, en 2014, en un 24% y cuya explicación se debía en gran parte al embarazo y la crianza de los hijos. Y esto a pesar de los anticonceptivos o la Educación Obligatoria, pues como se ha mostrado también antes, a la hora de la verdad, las que cuidan de los hijos -sin contar con la propia gestación- son en su mayoría mujeres, lo cual interrumpe las vidas laborales. Así que esta desventaja es una desventaja real, que el capitalismo no puede solucionar: solo se solucionaría si las mujeres dejaran de dedicarse al trabajo doméstico y a la reproducción social, pero esto ya implicaría, necesariamente, la extinción de la especie humana. Solo pudiera ser solucionado, de hecho, en un sistema de Economía Planificada en el cual fuera un trabajo remunerado el estar embarazada y criar el hijo, futuro miembro de la clase de los trabajadores,. Idea un tanto ultrarracional.

3. El modo de producción doméstico: medición del valor económico y social del trabajo doméstico y el valor de la reproducción social

 

La clave del asunto está en la «reproducción», en el «modo de producción doméstico» y en la sexualidad. Bajo esta rúbrica entendemos por qué no se pueden defender las tesis de Enrique P. Mesa, que vamos a resumir en:

  • La lucha de clases no distingue de sexos.
  • Y esto justamente porque el capitalismo ha igualado los dos sexos.
  • La injusticia hacia la mujer no es ya estructural, sino un residuo ideológico que ha de ser combatido en el terreno ideológico.
  • Todo feminismo que no se limite a acabar con el residuo ideológico está creando un mito útil a una oligarquía de mujeres para conseguir cuotas de empleo, ascender en sus puestos de trabajo, etc. No es un feminismo útil, pues, para la clase proletaria.

Lidia Falcón comienza arremetiendo contra estos supuestos:

«Los llamados marxistas, teóricos de los partidos políticos de izquierda, filósofos y profesores, aplicaban mecánicamente las declaraciones marxianas sobre la clase, los modos de producción y la lucha de clases a la condición de la mujer, y siendo ortodoxamente y fielmente marxianos, son absolutamente antimarxistas. Igualando en explotación económica y en opresión social a hombres y mujeres, con la negación total de la realidad, hablan de luchas de clases entendiendo por tales al conjunto de todos los individuos, hombres y mujeres que viven en el mismo hogar y aparentemente detentan una misma condición económica».[1]

En un primer momento, es cierto que la mujer no es, estricto sensu, proletaria y esto en función de algo muy simple: el criterio para ser del proletariado es estar libre de medios de producción y, por ende, producir plus valor a la bourgeoisie. La mujer, sea ama de casa a tiempo completo o no, cuando está realizando las tareas domésticas, pariendo y cuidando niños no está generando un plus valor a ningún patrón, está ofreciendo servicios gratuitos a su marido a cambio de subsistencia (esclavitud) o directamente por amor.

  • Hay que recordar que no tiene sentido hablar de relaciones sociales irracionales cuando hablamos del modo de producción asiático o feudal, porque como nos recuerda Felipe Martínez Marzoa, la propia conceptualización de la economía capitalista como algo racional es una tautología, o lo que es lo mismo: con el capitalismo nace la racionalidad en la economía. Los velos se caen y las viejas relaciones basadas en valores son substituidas por el racional «pago al contado». De facto, la relación amorosa que sustenta el servilismo gratuito de la mujer al hombre es una relación pre-capitalista, hoy diríamos «irracional» pero solo porque ya podemos contrastar la situación de la ama de casa con la ama de llaves. Esto es lo que produce la famosa paradoja. En realidad, no hay tal paradoja, lo que se contrapone son dos modos de producción diferentes.
  • Cabe discutir el que realmente sí produzca plus valor abaratando el precio del obrero, pues si el obrero tuviera que contratar los servicios básicos para su cuidado -necesario para acudir al día siguiente al trabajo- su costo laboral ascendería seguramente. Tal vez, por el contrario, en el salario ya esté incluido (vete a saber cómo) el «valor» del trabajo doméstico. Esto parece dudoso por varios motivos, a saber: si uno calcula el salario modal, este no asciende de los 15.000 euros anuales aproximadamente, antes de descontar los gastos de la Seguridad Social y el I.R.P.F. ¿Cómo es posible que con ese sueldo de para pagar todos los costes laborales del trabajador (todo el «valor» de lo necesario para su subsistencia) y a la vez el «valor» del trabajo doméstico de la mujer? Si calculamos las horas que invierte una mujer a hacer las labores de ama de casa (sin contar la crianza de hijos) seguramente nos saldría muchísimo dinero. En EE. UU. hay cálculos estimativos, según estos cálculos, una mujer debiera cobrar hasta unos 80.000 dólares anuales por el trabajo hecho. ¿Cómo se hace el cálculo? Se desglosan las tareas del hogar en tareas que son contratables a través del mercado, por ejemplo, limpieza; una vez se haya hecho este desglose, se calcula según el precio del tiempo de trabajo socialmente necesario. Así, una mujer ama de casa estadounidense, de media, limpia a la semana lo mismo que una persona que cobrara unos 300 dólares al mes. Parece difícil, que dentro de los mil euros que gana nuestro mileurista, estén incluidos los gastos del «valor» del trabajo doméstico. Y, sin embargo, si no se hiciera este trabajo, o bien el mundo laboral dejaría simplemente de funcionar, o bien habría que subir salarios para que los obreros que trabajan, pero no reciben (gratis) cuidados pudieran sobrevivir. Por lo que se pudiera afirmar que sí, que los trabajos domésticos serviles sí generan de manera indirecta plus valor relativo, y esto sin contar con que produzcan, de manera subsidiaria, un incremento de la productividad y de la eficiencia en el puesto de trabajo.

 

  • Aun así, aunque una «ama de casa», sea proletaria además o no, produzca plusvalor relativo no puede ser considerada proletaria en su dimensión doméstica. ¿Por qué? Porque, como hemos dicho, la esencia del proletariado está en la extracción de un plusvalor absoluto por parte de los propietarios del capital. Hay muchas cosas que generan plus valor relativo, por ejemplo, un aumento de las fuerzas productivas genera este tipo de plus valor, y sin embargo no es, o por lo menos nos parece delirante decir que una máquina de última tecnología sea parte integrante de la clase trabajadora. Luego la mujer tiene una dimensión servil más allá del proletariado, aunque su condición servil pueda ser compatible. Q.E.D.

 

  • Atendamos a unas cuantas estadísticas para llegar a una conclusión. Pese a su incorporación al mercado laboral, las mujeres siguen soportando el peso de las obligaciones familiares. Así, la gran mayoría continúa acaparando las excedencias por cuidado de menores (un 95%, según datos del INE) y las jornadas a tiempo parcial (80%, a saber, un 18% del total de mujeres activas). Asimismo, el 94,73% de los casos de abandono del trabajo por razones familiares están protagonizados por mujeres. Al respecto, el estudio[2] destaca que esta profesionalización de la mujer pone en riesgo el modelo tradicional de cuidadora de personas dependientes, que hasta el momento en España tiene un perfil muy concreto, a saber: mujer en un 83% de los casos, de 52 años de media (el 20% tiene más de 65 años y casi un tercio ha cumplido los 60), casada, con estudios primarios, sin ocupación remunerada y, en un 40%, hija del dependiente. Además, en un 77,2% de los casos, se trata de un cuidador permanente y en un 17% tiene a más dependientes, menores o mayores, bajo su responsabilidad, ejerciendo como multicuidados. Según el estudio de La Caixa, «el perfil corresponde principalmente a la última generación de mujeres no activas, que en la actualidad representa el recurso principal con el que cuentan las familias de las nuevas generaciones trabajadoras (según diferentes fuentes, hasta un 40% de los abuelos cuida a sus nietos)».

Es decir, a pesar de que cada vez haya un % menor de amas de casa puras, en realidad las mujeres siguen ejerciendo de amas de casa. Y esto se convierte en un problema adicional que viene a refutar la idea de que en el salario está incluido el «valor» del trabajo doméstico. Tal vez fuera así en una fase temprana del capitalismo previo a la Gran Industria y a la introducción de la mujer y los niños en Juggernaut del Capital; tal vez en la fase dorada del laboralismo inglés y estadounidense tras la segunda Guerra Mundial, donde un solo pate familias podía sostener, con un sueldo de clase media, a toda una familia (lo cual en realidad es un mito, sociológicamente hablando); de lo que no cabe duda es que el «modo de producción doméstico» combina la explotación feudal con el segundo empleo, esto es, la explotación legal y racional típicamente capitalista. ¿Por qué viene a refutar la tesis de que el salario del marido incluye el salario de la ama de casa el hecho de que las mujeres sigan siendo amas de casa a pesar de tener un empleo? Evidentemente, porque el salario de la mujer ya presupone sus costes laborales y su propia supervivencia; lo que no hace el marido lo hace la mujer gratis.

 

En segundo lugar, las mujeres están, en su tarea de reproducción social, fuera de la historia, y esto debido a que todavía no han salido de su «estado de naturaleza» y por la naturaleza peculiar de un embarazo. El argumento es bastante complejo e implica conocer de antemano cual es el concepto de trabajo en Marx, esto es, ir al capítulo V, para luego conocer por qué el embarazo no puede ser considerado como trabajo ni integrarse a un modo de producción concreto, sino que desde las sociedades primitivas -en contra de lo que pensaba Engels- se ha producido una violencia contra la mujer en el acto reproductivo.

Marx nos dice en su célebre capítulo V de Das Kapital “Proceso de trabajo y proceso de valorización”

  • El trabajo es, en primer lugar, un proceso entre el hombre y la naturaleza, un proceso en que el hombre medio, regula y controla su metabolismo con la naturaleza. El hombre se enfrenta a la materia natural misma como un poder natural. (…) Concebimos el trabajo bajo una forma en la cual pertenece exclusivamente al hombre. Una araña ejecuta operaciones que recuerdan las del tejedor, y una abeja avergonzaría, por la construcción de las celdillas de su panal, a más de un maestro albañil. Pero lo que distingue ventajosamente al peor maestro albañil de la mejor abeja es que el primero ha modelado la celdilla en su cabeza antes de construirla en la cera. Al consumarse el proceso de trabajo surge un resultado que antes del comienzo de aquél ya existía en la imaginación del obrero, o sea idealmente. El obrero no sólo efectúa un cambio de forma de lo natural; en lo natural, al mismo tiempo, efectiviza su propio objetivo, objetivo que él sabe que determina, como una ley, el modo y manera de su accionar y al que tiene que subordinar su voluntad. Y esta subordinación no es un acto aislado. Además de esforzar los órganos que trabajan, se requiere del obrero, durante todo el transcurso del trabajo, la voluntad orientada a un fin, la cual se manifiesta como atención.

 

Y ahora, nos dice Lidia Falcón, en contraposición a casos parecidos a los de Marx, según el cazador caza con un arco o el recolector extiende su mano hacia su fruto:

«La reproducción se realiza en el interior del cuerpo de la mujer, la mayoría de las veces involuntariamente, o incluso contrariando la voluntad de ésta. Este oscuro proceso, hasta hoy absolutamente ignorado, en el que se desarrollan tantas transformaciones químicas, biológicas, físicas y fisiológicas, como le imposible conocer al propio sujeto trabajador, la aliena de su consciencia del trabajo. La mujer «no sabe» lo que está haciendo»[3].

Sin contar con otro tipo de intendencias como la humillación, las vejaciones, la violencia simbólica o real, y otros problemas específicos de la mujer, se observa que la reproducción y el trabajo doméstico no constituye ni un proceso de trabajo (en el caso de la gestación) ni un proceso de producción y de valorización del capital (en el caso del trabajo doméstico). «Aunque fabrique y mantenga con vida el producto más valioso, necesario y productivo de la sociedad: la fuerza de trabajo». Vemos que esto, lejos de ser un mero residuo ideológico, cumple un papel orgánico y estructural en la sociedad, que subsiste independientemente del modo histórico (en parte por ser algo ligado tan íntimamente con la naturaleza biológica), y vemos, por lo tanto, que, aunque no se haya definido el tipo de clase que es la mujer, no está incluida, sin más, en la clase proletaria, aunque parcialmente una mujer pueda pertenecer a dicha clase. Así, los argumentos del marxismo puro quedan seriamente dañados, nos dice Falcón:

«Este equívoco sobre la condición femenina consigue el objetivo que más importa a las clases dominantes: la desunión de las mujeres y la pérdida de sus objetivos feministas. La izquierda luchadora y bienpensante decidió hace mucho tiempo, tanto que encontramos en Lenin su más autorizado ideólogo, que la mujer burguesa tiene contradicciones antagónicas con la proletaria, y en consecuencia con ella no tiene nada que hacer el movimiento revolucionario. No se puede olvidar que durante mucho tiempo fueron considerados sinónimos los términos de feminismo y burgués. Por consiguiente, si el proletariado es la única clase capaz de dirigir y de hacer la revolución, las mujeres que quieran luchar por los cambios sociales deben inscribirse en los partidos proletarios y luchar en ellos para alcanzar el final de todas sus miserias, en el sublime y perfecto final paradisiaco de la revolución socialista».[4]

La tarea analítica de lo que sea una clase y porqué Falcón considera que la Mujer es una clase económica y social es ardua, y es preciso no resumir aquí, en pocas líneas, el trabajo de 7 años y cientos de páginas. En todo caso, queda claro que, si se acepta la idea de clases, es evidente que debe haber necesariamente un componente de clase en la mujer independientemente del eje económico. Y esto, aunque solo sea por un argumento racional, el que ofrece Poulantzas: sostener que existen grupos sociales externos a las clases, pero en la lucha de clases, no tiene estrictamente sentido alguno[5].

[1] Falcón, Lidia. La Razón Feminista I: La mujer como clase social y económica. El modo de producción doméstico. Barcelona: Libros de confrontación, 1981. Pág. 20.

[2] Consultado el 19/02/2018: «http://www.laopiniondemurcia.es/comunidad/2010/03/14/numero-amas-casa-reduce-mitad-20-anos/235367.html»

[3] Falcón, Lidia. La Razón Feminista I: La mujer como clase social y económica. El modo de producción doméstico. Barcelona: Libros de confrontación, 1981. Pág. 45.

[4] Falcón, Lidia. La Razón Feminista I: La mujer como clase social y económica. El modo de producción doméstico. Barcelona: Libros de confrontación, 1981. Pág. 21.

[5] Falcón, Lidia. La Razón Feminista I: La mujer como clase social y económica. El modo de producción doméstico. Barcelona: Libros de confrontación, 1981. Pág. 111.

[1] Referimos a partir de ahora a su blog para citar los escritos del profesor Enrique P. Mesa, consultado el 17/02/2018: «https://epmesa.blogspot.com.es/2017/09/patriarcado-y-feminismo-de-elite1.html»

[2] De entrada, la definición de Patriarcado es un gol por toda la escuadra o una falacia del hombre de paja. Veamos la definición sincrética y sincrónica de la feminista Marta Fontenla:

«El patriarcado puede definirse como un sistema de relaciones sociales sexo–políticas basadas en diferentes instituciones públicas y privadas y en la solidaridad interclases e intragénero instaurado por los varones, quienes como grupo social y en forma individual y colectiva, oprimen a las mujeres también en forma individual y colectiva y se apropian de su fuerza productiva y reproductiva, de sus cuerpos y sus productos, ya sea con medios pacíficos o mediante el uso de la violencia».

[3] Más adelante veremos por qué no es un trabajo utilizando el Tomo I de La Razón feminista de Lidia Falcón y el capítulo V de Das Kapital de Karl Marx.

 

[1]«Mito» en el sentido de «algo confuso» usado como cuento para subrogar a las masas, como hace el Cybor Pdr Snchz, que, en la línea de Justin Trudeau, parece estar confeccionado según una I.A. para que el Pueblo le ame. No por esto se dice que sea estrictamente falso, sino es algo que se falsifica de facto, aunque no sea falso de iure.

[2] Inter-Parlamentary Union and U.N Women “Women in Politics, 2015

[3] Véase Clases de Erik Olin Wright para un ajuste analítico del concepto de clase en la obra de Karl Marx.

[1] Consultado el 17/02/2018: «http://www.lavanguardia.com/bienestar/20150618/54432891958/parejas-igualdad-bebe.html»

[1] Consultado el 17/02/2018: «https://cincodias.elpais.com/cincodias/2018/01/26/midinero/1516980543_054646.html»

[2] Ibíd.

[3] Søgaard, Jakob Egholt & Landais, Camille & Kleven, Henrik. “Children and Gender Inequality: Evidence from Denmark” Report del National Bureau of Economic Research. NBER WORKING PAPER SERIES, enero de 2018.

[1] Ibid.. Sección VI: Salario.

[2] Citado por la tesis doctoral por publicar de Clara Ramas. (de libre acceso), consultada el 17/02/2018: «http://eprints.ucm.es/34214/1/T36659.pdf»

[1] Consultado el 17/02/2018: «http://ec.europa.eu/eurostat/statistics-explained/index.php/Wages_and_labour_costs»

[2] Consultado en 17/02/2018: «http://www.ine.es/ss/Satellite?L=es_ES&c=INESeccion_C&cid=1259925408327&p=1254735110672&pagename=ProductosYServicios%2FPYSLayout »

 

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